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Desde la puerta 14, blog de Carlos Puértolas

El día que nos hicimos mayores

Escrito por J.V.

Martes, 08 Agosto 2017 09:59
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Cani, en su despedida (Foto: Dani Marzo).

Cani le tiró un caño a Reiziger y la Puerta 14 enmudeció. Después aplaudimos. No nos lo creíamos. En apenas unos minutos sobre el verde, un tipo de nuestra quinta y que seguro había gritado entre nosotros, le había sacado las vergüenzas a un campeón de Europa. El tulipán negro de labios generosos quedó avergonzado ante la Puerta 14, que aclamó orgullosa el detalle como si lo hubiese hecho ella misma. Absorbíamos una cucharadita de ilusión días después de haber vivido la vergüenza de Villarreal y el primer descenso de nuestras vidas. Tras ovacionar a Rubén Gracia “Cani” en el campo, supimos que, por fin, nos habíamos hecho mayores.


Horas después del caño, en el recreo de aquel lunes triste, un muchacho listo y mentiroso contó que le recordaba del Campo de Santa Ana, en Utebo. Al parecer, se había enfrentado a un regate similar y lo había abortado, e incluso decía haberle visto en el Stadium Venecia. Mentira, todo mentira. Pero piadosa y perdonada. Cani se había criado sobre tacos de goma y tierra, junto a las paredes del cementerio y en la Ciudad Deportiva. Un chaval de Torrero, de verbo tímido, apariencia tremendamente chulesca y greña adolescente estaba preparado para triunfar en el equipo de su vida. Y lo hizo.

El gen aragonés valora poco lo suyo y más lo de fuera. Lo confirmé pocos meses después. Tras aquel caño y un verano revuelto, el Real Zaragoza comenzó su andadura por el desierto en aquel equipo de mucho trabajo y poco circo construido por el incomprendido Paco Flores. Rodeado de los Ferrón, David Pirri, Corona y Jesús Muñoz afrontó el reto de ascender en solo nueve meses.


Le costó arrancar a aquel equipo y, sobre todo, a una afición que no asumió el cambio de categoría hasta recibir las primeras bofetadas con la mano abierta. Cani, el muchacho del caño, fue discutido en la Puerta14. “No es para tanto, está verde” decían algunos. Cani calló y apretó los dientes como un día le enseñó Ramón Lozano en la Ciudad Deportiva. Aparecía y desaparecía de la alineación sin continuidad ni tiempo para mostrar la calidad que sí guardaba en sus piernas. Quizá Paco Flores quería cocerle lentamente o quizá necesitaba un argumento más importante que el lance con Reiziger. Sólo tardó dieciséis jornadas en darlo: el puñetazo en la hierba lo dio en Oviedo, en el Carlos Tartiere, sobre un césped impropio de un equipo profesional.


Había que ganar sí o sí. Flores apostó por Ibán Espadas y por él en el once y no le decepcionaron. Fue el mejor partido del equipo que pasó por encima del Oviedo del mítico Oli. Marcó el primer gol y ayudó, quizá, a hallar la fórmula mágica con la que lograr el regreso a Primera, la misma que en estos tiempos hemos olvidado: entre futbolistas iguales, apuesto por el de casa. La semana siguiente anotó otros dos goles al Getafe y, desde ese momento, se convirtió en indiscutible. Lo jugó prácticamente todo hasta el final y celebró un ascenso alrededor de un partido insípido frente al Albacete. Había poco que festejar, aquel Real Zaragoza (y no este) era club de Primera División y volvía a su sitio natural.


En Primera esperábamos al mejor Cani. La Puerta14 necesitaba de la versión 2.0 del de Torrero para afianzar al club en la elite y creer en él como pelotero de Primera. Lo jugó prácticamente todo con el silbido en la nuca y el aplauso en el armario. Porque siempre que salía algo mal, la culpa era del nuestro, del tipo que habíamos criado en casa. La confianza da asco y cualquier imbécil de tres al cuarto que apenas ha jugado unos cuantos minutos con la roja de Agustinos juzga sin respeto a un tipo infinitamente mejor y más listo, por el simple hecho de haber pisado las mismas baldosas, bebido en las mismas barras y meado en los mismos rincones. La pasada temporada también ocurrió. Con Cani nos mantuvimos en Primera División, con Cani tumbamos al Madrid galáctico en Montjuic, aunque acabase expulsado, y con Cani ganamos la Supercopa al Valencia en Mestalla pocos meses después. Con Cani fuimos muy buenos y sin él no tanto. Él no guarda rencor de nuestros silbidos: “En el Real Zaragoza me siento más querido que en cualquier otro club”.


Rubén Gracia ha estado en las últimas grandes hazañas zaragocistas. Paseó por Europa tras el asalto al grande, humilló al Real Madrid con un set y partido y al Barça con un 4-2 también en Copa antes de naufragar en el Bernabéu ante Tamudo y sus muchachos.

La banda de La Romareda se le quedaba corta, como a tantos otros. Necesitaba un proyecto a su altura y el club de Soláns, dinero en sus arcas. Llegó el pérfido Iglesias días más tarde de su venta al Villarreal, quizá con un sueño a su nivel junto a D´Alessandro y Milito, pero ya era tarde, había firmado amarillo. Allí sí triunfó y aquí nos hundimos sin remisión. Se convirtió en el jefe, en el capitán del Submarino con el que navegó por la Liga de Campeones y la zona más alta de la clasificación bajo sus órdenes. Lució el 10 con brazalete y el Mercadona team le adoró como merecía durante ocho temporadas y media. Él respondió con goles desde el centro del campo, casta y sobre todo, inteligencia. Cani es un tipo listo al que sólo le faltó la selección española para redondear una carrera excepcional.


Tras un breve paso por el Deportivo y uno fugaz por el Atlético de Madrid volvió a su casa en el año más duro de la historia del club. No ha sido su mejor temporada, ni mucho menos y él lo sabe pero la Puerta14 está segura de que no le quedó nada dentro para lograr salvar al club de la desaparición.


El Real Zaragoza le despidió con 34 palabras frías sin ningún tipo de cariño ni aprecio aunque después rectificó y le organizó un acto repleto de aplausos junto a sus trofeos, su familia, su gente y su íntimo Alberto Zapater. Ahora ha decidido dar un paso atrás a los despachos. Entre informe e informe, seguro volverá a la Puerta 14 a cantar, gritar y ver si alguno tenemos los mismos bemoles que él para tirarle un caño a un campeón de Europa.


La próxima vez hablamos de Murillo. Eso será otra historia, con permiso de Cani.

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