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Desde la puerta catorce, blog de Carlos Puértolas

Canito: el juguete roto

Escrito por Carlos Puértolas

Jueves, 12 Mayo 2016 09:10
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José Cano se levantó de la mesa con un fuerte dolor de garganta. Sin apenas apetito se apoyó sobre los brazos de su hermana Fina, quien le había acogido en su pequeño piso de La Pobla de Montornés en Tarragona. Minutos después fallecía recostado sobre el viejo sofá del cuarto de estar. Era el mediodía del 25 de noviembre de 2000.

Pocos sabían que acababa de morir Canito, uno de los talentos más importantes del fútbol español. Abandonado por casi todos malvivía al cuidado de la hermana con una pequeña ayuda de 15.000 pesetas de la Asociación de ex futbolistas del F.C. Barcelona y del Espanyol. José Cano López “Canito” fue un fenómeno con talento innato, nula capacidad de trabajo, genio indomable y una vida arruinada por su generosidad desmedida, la falta de cariño y las extravagancias más increíbles. El Real Zaragoza fue su último club antes de emigrar al Os Belenenses luso. Cobró 110.000 pesetas y con nulo peso en el equipo cuenta algún largón que casi llega a las manos con el entrenador Enzo Ferrari.

José Cano nació en Llavorsí, en el corazón del Pirineo leridano. Huérfano de padre, su madre le dio en acogida y se crió en un internado de la Zona Franca de Barcelona. Pronto supo que no crecería entre pupitres, tizas y libros sino pisoteando adoquines en la ronda obrera de la Ciudad Condal, siempre con un balón en sus pies. Trabajó como mozo de almacén y los fines de semana participaba en Ligas formativas y de base. Era el mejor. Un domingo cualquiera un ojeador avispado del Barça se fijó en sus cualidades. Central rápido y con carácter, inmediatamente, Canito marchó a la cantera azulgrana. Demostró que era un tipo diferente, domado a base de golpes, moratones, zancadillas y muy poca palmada en la espalda. Un currículum repleto de hambruna, arañazos, rebeldía y ningún tipo de educación. No cuajó en La Masía y como siempre, petate al hombro, se buscó la vida en Tercera División hasta que el Espanyol decidió apostar por él, pero cedido en Lleida. En los Camps de Sport le apodaron El Pólvora; un defensa explosivo e ingobernable. Se dio de puñetazos con un periodista local por no estar de acuerdo con su crónica. Puso como condición acudir a los entrenamientos con traje blanco idéntico al de un directivo ilerdense.  Y jugó muy bien el fútbol. En el verde triunfó. Volvió al Espanyol y su extravagancia se elevó al cubo.

Canito era la estrella. Coleccionó coches de lujo, cuatro pisos en el centro de Barcelona y abrigos exclusivos con cuello de plumas estrenados cada mañana. Rodeado de palmeros, aduladores, pelotas y plañideras que bienvivían a través de su bolsillo roto y su cabeza loca, también donó ingentes cantidades de dinero al hospicio donde un día había aprendido a tocar el balón.

Eran días de vino y rosas y el Fútbol Club Barcelona decidió apostar por él. Núñez lo vistió de azulgrana en el 78 y se presentó con un sombrero de copa, un traje nuevo por cada día en Can Barça y una jauría de perros con pedigrí en un vestuario repleto de figuras rutilantes. Internacional con el seleccionador Kubala en el Olímpico de Roma Canito tenía claros sus colores: era perico. Carrasco cuenta que entrenaba con la camiseta del Espanyol bajo la azulgrana. Una tarde el “cinco” celebró de manera desmedida un gol blanquiazul anunciado en el luminoso del Camp Nou. Su equipo se había salvado del descenso. La parroquia le devolvió aquel gesto con una tremenda pitada. Fue su cruz culé.

Canito volvió a su casa de Sarriá y, después, al Betis. Allí en Sevilla cuentan las hemerotecas que una tarde, por cada autógrafo firmado a un niño, regalaba 100 pesetas de propina. Y rechazó la indemnización millonaria rompiendo el cheque públicamente en mil papelitos.

De ahí a Zaragoza. En Eduardo Ibarra cobró poco. Sabedores de la extravagante vida del pollo el salario fue de poco más de 100.000 pesetas. 24 partidos y un billete de ida y no de vuelta a Portugal donde Canito oscureció. Había coqueteado con las drogas pero cuando su fino pie se torció y el pulmón se ahogó ese coqueteo se convirtió en relación formal y diaria. Los palmeros desaparecieron convencidos de que el papel se había agotado y su mujer le abandonó.

Entonces la realidad discurría entre cartones, mantas apolilladas y cáscaras de huevo. Pasaba noches en un banco en el centro de Barcelona y bebiendo Coca Cola como estimulante de garrafón a la droga de primera calidad que un día había destrozado su vida. Canito había desaparecido y quedaba un esqueleto llamado José. Pidió auxilio en una entrevista en Interviú en enero de 1996 donde confesó todas sus golferías: drogas y un despilfarro descontrolado habían amortajado al futbolista con harapos y miserias. Los ex compañeros acudieron en su auxilio y lograron sostener su manutención en una pensión. Pero ya era tarde.

Gravemente enfermo y adicto a todo recurrió a su hermana para que le cuidase. Murió a los 44 años. Como él, muchos más: el ex zaragocista Julio Benítez, cuya viuda cabaretera vivió en el Barrio de Las Fuentes hasta hace unos años, y alguno más cercano.

Las miserias del fútbol permanecen agazapadas mientras los neones brillan el champagne burbujea. La luz se había apagado.

De burbujas, arte y guitarra sabe Pepe Mejías. La Puerta 14 le obligó a saludar desde el centro del campo una tarde con el Murcia. Un ídolo, un huracán de Cádiz. Pero eso ya es otra historia.

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El Desmarque