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Formó una gran delantera con Amarilla y Pichi Alonso

El verbo Valdano

Escrito por Carlos Puértolas

Lunes, 30 Mayo 2016 19:29
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La rebeldía salvó la vida de Jorge Alberto Valdano Castellanos. Así de simple. El argentino de pelo rizado, ojos verdes, palabra fina y mentón incipiente figuraba en la lista de huéspedes del Hotel Meliá Corona de Aragón durante la trágica mañana del 12 de julio de 1979. Aquel día el Corona ardió hasta llevarse la vida de setenta y ocho personas. A Valdano le dieron por desaparecido pero no estaba allí. No había deshecho ni la colcha ni las sábanas de la suite a su nombre en el único cinco estrellas de entonces en Zaragoza.

Un puñado de discusiones con la directiva del Deportivo Alavés y, por qué no, la última noche sobre las barras vitorianas de Pintorería provocaron que el futbolista de Santa Fe no acompañase en el viaje a los dirigentes vascos y a otro buen pelotero, el mejor según Valdano, que completaba el transfer: José Ramón Badiola. Había salvado la vida. Badiola saltó por la ventana de un segundo piso y, milagrosamente, supervivió mientras que su compañero llegaba horas después a una Zaragoza ennegrecida por el humo y la desesperación. El bueno de Badiola jamás superó el tremendo trauma de lo vivido a escasos metros de la vieja sede del Real Zaragoza de la actual Calle 5 de marzo.

Avelino Chaves abonó varias decenas de millones de pesetas en Mendizorroza por ambos y el futuro de Señor, quien llegaría un año después. El argentino pronto se puso a trabajar. En el campo y en la camilla porque Valdano lesionado fue un tótem que le persiguió su lustro en La Romareda. Chaves le fichó en plena recuperación de una rotura de peroné y debutó ante todo un Barça con un esguince que tiñó de morado un tobillo tan hinchado como una botella de vino, tamaño magnum. Salió desde el banquillo y, casi cojo, anotó un gol; su primer gol como zaragocista de los trece que marcaría aquella temporada. Junto a Pichi Alonso, Güerri, resguardados por el líbero Radomir Antic y dirigido por el míster Manolo Villanova acabaría undécimo entre palmas, más por juego y simpatía que por resultados.

Porque Valdano era una persona educada y culta, además de un gran futbolista querido por la Puerta 14. Cuentan que al lado de su piso del Paseo Sagasta, en el centro de Zaragoza, conversaba con todos los niños que se abalanzaban sobre sus rizos y su maravilloso pie derecho. Nunca una palabra rara. Nunca un mal gesto. Valdano atendía la inquietud de unos chavales ávidos de tocar talento y escuchar un verbo privilegiado. Se adaptó a la ciudad, a su gente, a sus vasos, sus copas y sus platos; tanto que fue socio propietario del entonces mejor restaurante de la capital, en la calle Francisco de Vitoria. Este argentino es un rara avis en esto del fútbol. Un tipo con inquietudes culturales más allá del verde. Lector de clásicos, locuaz y con una biblioteca amplia supera por izquierda y derecha la mediocridad de otros sin más hambre por el lenguaje que el nuevo nombre comercial del balón a patear a partir del próximo agosto.

Salió Villanova en contra de la opinión de la plantilla y llegó Leo Beenhakker quien, según cuenta, trajo de la lejana Holanda un manual revolucionario que marcaría a Valdano el resto de su vida. Lo primero que hizo este arguellado y peludo holandés fue repartir un balón a cada futbolista. Organizó partidillos en grupos pequeños y rondos para acariciar la pelota y no patearla como un melón. El rubio Beenhakker era un adelantado a los métodos de entonces y rompería esquemas tiempo después en el Santiago Bernabéu. Todo giraba alrededor del Tango y del talento. Después llegó Raúl Amarilla quien formaría junto a Pichi Alonso y el propio Valdano un ataque de primer nivel pero con un problema grave: aquel Zaragoza no ganó títulos. Era un equipo con más fútbol y vendas en los tobillos que puntos en el casillero y Copas en el museo.

Valdano se perdió prácticamente todo el Mundial 82 por otra lesión con Argentina. Tuvo una oferta del Barcelona pero la rechazó. Y después otra del Real Madrid que sí aceptó tras marcar 24 goles en la 83-84. Pero todo se pudo truncar poco después, de nuevo en la enfermería. Con la salida firmada para final de aquella Liga Valdano comenzó a sentirse débil y cansado; no respondía a estímulos futbolísticos. Lento, delgaducho, con color blanquecino antes de vestirlo por derecho en Chamartín y ojos llorosos acudió a los doctores del brazo de Beenhakker. Le diagnosticaron una hepatitis B.

No volvió a jugar en el Real Zaragoza y su salida fue tan amarga como grave su enfermedad. Pocos comprendieron su ausencia continuada. Valdano se reserva para el Madrid, decían. En junio de 1984 se despedía de La Romareda entre silbidos y protestas hacia el ausente. En su maleta 146 partidos y 46 goles, el noveno artillero de la historia del Real Zaragoza. “El Zaragoza es el equipo que más marcó mi carrera profesional”. Prometió volver a la ciudad y al club pero la vida le colocó en otros banquillos y despachos.

Valdano fue un futbolista que pocas veces cometió faltas de ortografía. Un poeta con verso, elegancia, fútbol a derecha e izquierda y fortuna para escribir líneas sin tachones.

La próxima Puerta 14 quiero hablar de sentimientos en ebullición. De un rugido tan épico como doloroso. Ayala marcó un gol que, semanas después, apestaría a tragedia. No lo podré olvidar. Pero eso ya es otra historia.

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El Desmarque