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Desde la puerta catorce, blog de Carlos Puértolas

¿Dónde vas Darío Franco?

Escrito por Carlos Puértolas

Martes, 30 Agosto 2016 12:47
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Darío Franco

La camiseta de Darío Franco es el segundo objeto más costoso del Real Zaragoza en la página Ebay. 410 euros debe pagar el nostálgico adinerado que quiera revestir la elástica blanquilla con tres grandes franjas azules en el hombro y su cinco, también azul, en la espalda. En la Puerta 14 no extraña la cifra porque Darío se lo ganó en el campo. Su melena, alérgica a peines y cepillos, casta tremenda y carácter rudo provocó que La Romareda le siga mostrando hoy casi veneración a pesar de que sólo militó cuatro temporadas en el Zaragoza y nos separen miles de kilómetros y veinte años de fútbol y futbolistas con más calidad individual que el de Cruz Alta. Cierren los ojos. Dejen la mente en blanco, casi libre. Inspiren. Expiren. Un par de veces más. Sí, más. Lo escucharán: “¿Dónde vas Darío Franco?” (Y lo que sigue).

Darío Javier Franco Gatti fue un canchero en la mejor acepción del calificativo. Un tipo al que adoras en tu equipo y odias cuando viste la camiseta equivocada. Víctor Fernández necesitaba genes argentinos para reflotar un equipo que había gastado su última vida en la promoción contra el Murcia. Como cada verano viajó a Sudamérica a ver fútbol albiceleste, del que está enamorado, y tirar de su amplio catálogo para rediseñar la plantilla. Quizá por desinformación, no recuerdo que a la Puerta 14 le ilusionara leer que Zalba y Víctor habían pescado a este semidesconocido de Newells Old Boys a cambio de cien millones de pesetas. Aquí el populacho ojeaba el Marca entre cafés, tacos de atún, olivitas y cañas mal tiradas; veía un partido de Liga española los sábados a las ocho; otro en Canal Plus codificado los domingos a las siete y media y, los más parabólicos leían el Don Balón que el peluquero guardaba entre un puñado de revistas viejas de pesca y caza mientras nos cortaba el pelo a raya. Así que de Darío sabíamos nada.

Al parecer, en la Copa América de 1991 en Chile el jovencísimo Víctor se había enamorado perdidamente de un cinco argentino rubio y de ojos verdes, un futbolista peleón y recuperador, capaz de abarcar campo en tres zancadas y al que sólo le fallaban sus rasgos físicos más parecidos a los guapos nórdicos que a los mozos del asado y la pampa. Un tipo de veintidós años, que había vestido el 58 en Monarcas Morelia mejicano, con carácter y raza, capaz de barrer y no dejar ni una mota de polvo de cualquier mediocampo de alto nivel. No se equivocó.

Darío Franco se hizo grande a base de gritos, brazos agitados y empuje en los momentos más complicados. La Puerta 14 nunca quiso ser Darío en los partidillos del recreo, pero siempre lo necesitó en su equipo para tumbar a los mayores. Sin él no éramos nadie.

La testiculina, los bemoles y las pelotas son epítetos malsonantes que en el colegio significaban sólo palabrería brusca y tosca. Franco nos demostró que se podían y debían llevar al cemento, a la tierra y al césped. Visitaba La Romareda el Athletic de Bilbao en un duelo, a las siete, retransmitido por Canal Plus. Un Real Zaragoza – Athletic siempre fue un duelo grande, un partido en el que no servían las minúsculas ni la cocina de diseño. Pan, vino y FÚTBOL. Tras innumerables desencuentros entre unos jugadores y otros resonó el grito más profundo jamás escuchado por la Puerta 14. El papel de aluminio del bocadillo se transformó en plomo y el jamón y el pan cayeron al suelo para engordar de manera generosa la despensa de las hormigas. Aquel sonido hizo el silencio. Otro aluminio, el de los tacos de Eskurza, había pisado la zona más delicada del pantalón azul de Darío Franco. Cuenta que sintió un quemazo fuerte, intenso y lo que es peor, prolongado. Gritó como nunca había gritado, un aullido que enmudeció al personal. Darío apretó los dientes, no se miró y siguió jugando. Peleó y luchó como cada domingo, pero aquel quemazo no se apagaba.

Terminado el partido, saludado al adversario, dada la mano al árbitro, aplaudida la gradería desde el centro del campo se retiró por el kilométrico túnel de La Romareda. Ya en el vestuario el capitán Xavi Aguado cuenta que, cuando Darío se quitó la pantaloneta, vio su escroto desgarrado y un testículo abierto que le produjo tremendos mareos. Las malas lenguas dicen que un futbolista cayó al suelo y el resto jamás olvidaron la imagen terrible de un muchacho que había jugado con la bolsa testicular abierta más de quince minutos. Los galenos lo trasladaron al hospital y con aguja e hilo le cosieron diez puntos para arreglar el terrible desaguisado. Por cierto, Darío tiene un hijo nacido en Zaragoza posterior al percance.

Tras un par de temporadas espléndidas Darío fue convocado para gobernar su selección junto a un tal Fernando Redondo y revalidar la Copa América en 1993. En el debut ante Bolivia Marco Antonio Sandy le rompió la tibia y el peroné; el zaguero boliviano le quebró los huesos y una carrera que apuntaba tan alto como la del mediocentro del Tenerife y el Real Madrid. La Puerta 14 se entristeció. Habíamos perdido el corazón, el pulmón y los colmillos por una patada infame y casi criminal. Sandy defendió su nula voluntariedad y el Eterno58 le creyó pero jamás volvió a mostrar el nivel excepcional de sus dos primeros años en Zaragoza. Mientras Darío soldaba su pierna, encontramos un futbolista capaz de hacer de minero y arquitecto con sólo dos piernas, acento malagueño y una cabeza privilegiada: Santi Aragón.

Siete meses después el argentino volvió a La Romareda pero su hueco ya estaba cubierto por el todocampista andaluz. Desde entonces Franco ganó mucho sin ser tanto. Se cortó el pelo y, tras salir desde el banquillo, anotó un penalti en la final de 1994 salpicado por la suerte, la fortuna, la Virgen del Pilar y el sobaco de Cañizares que no lo paró porque, quizá, no tocaba. Respiró y señaló a la grada. Y después celebró el título con el 14 a la espalda.
La final de París la vio desde la grada junto a Cafú. Se marchó a tiempo. Minutos después el Real Zaragoza alcanzó su cenit y él se quedó en lo más alto de la Puerta 14.

Vuelva a cerrar los ojos. Sí. Otra vez. Ahora sonará eso de “Me llamo Darío Franco y vengo de Buenos Aires” (Y lo que sigue). A Darío, como a muy pocos, jamás le olvidaremos, quizá porque un par de canciones son la mejor forma de que su melena siga vigente unos minutos a la semana. Olvidado está Badiola, el mejor del trío de peloteros comprados en Vitoria. Pero eso ya es otra historia.

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