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El bueno era Badiola

Escrito por Carlos Puértolas

Viernes, 09 Septiembre 2016 13:53
La historia de José Ramón Badiola en Zaragoza
La historia de José Ramón Badiola en Zaragoza

Cuentan que, hace un tiempo, un tipo con obesidad casi mórbida caminaba diariamente, con un cigarrillo en la mano, rumbo a lo que en Vizcaya llaman una lonja, en el centro de Ondarroa. Vestía una chamarra vieja y lucía una barba descuidada y canosa. Quizá el sujeto no tenía la culpa de exhibir esas trazas, ni siquiera de no haberse convertido en la figura del fútbol que apuntaba hace treinta y siete años, cuando sólo era un jovenzuelo. José Ramón Badiola murió futbolísticamente una mañana de julio de 1979, horas antes de firmar un contrato con el Real Zaragoza junto a Jorge Valdano. Tenía solo veintitrés años.


El bueno era Badiola. Lo dicen quienes conocieron a este extremo hábil y rápido que centraba con el exterior del pie, y a quien la banda de Mendizorroza se le había quedado corta. “Si llueve Badiola y si hace sol, Valdano” “Y, en Vitoria, casi siempre llovía”. Lo cuenta el propio Valdano quien escuchó esa frase una y otra vez en boca del entrenador babazorro Txutxi Aranguren. El argentino jugaba a la sombra de un vizcaíno talentoso, peludo y fino, saciado de la Segunda División y dispuesto a devorar la Primera.

Aquella primavera del 79 Avelino Chaves buceó en la plantilla alavesa. Había calidad y mimbre. Chaves olía el fútbol como pocos y así se lo dijo a la directiva vasca: “Queremos a Valdano, junto a Badiola”. A nadie le extrañó ese orden en la petición, ni siquiera al Poeta quien después reconoció que su compañero era mejor futbolista.

Valdano se hizo el remolón y dilató las conversaciones hasta el punto de enfrentarse abiertamente con los dirigentes vitorianos, pero Badiola no dudo ni un momento que su futuro se dibujaba a 198 kilómetros, en La Romareda. Llegó a un acuerdo tan rápido como había esprintado sobre el carril patatero; 16 millones de pesetas y un horizonte apasionante.

El presidente Armando Sisqués y Chaves le habían citado la mañana del 12 de julio y, previsor, Badiola viajó la tarde anterior junto a tres representantes del Deportivo Alavés. Cenó y, pronto se acostó en la cama de la habitación 117 del hotel Corona de Aragón. Nadie sabía que aquella era la última noche de Badiola como futbolista de élite.

Horas después un tremendo hedor a humo despertó a los directivos pero no al futbolista que dormía profundamente. Cuando José Ramón Badiola abrió los ojos el caos se había apropiado del edificio. Ese humo negro y las llamas devoraban los pilares del hotel e imposibilitaban huir por la puerta principal. Badiola, desorientado y presa del miedo más absoluto, subió las escaleras y saltó por una ventana del segundo piso. El impacto resultó terrible.

En medio de la tremenda locura se le dio por fallecido. Lo mismo que a Jorge Valdano quien figuraba en la lista de huéspedes a pesar de haber dormido en Vitoria. Tras unas horas de confusión y pánico, el gerente José María Zárraga, quien también había saltado envuelto en una manta desde el primer piso, encontró al muchacho en las urgencias del Hospital Provincial. Badiola mostraba un rostro negro de hollín, inconsciente y casi chamuscado tras el tremendo golpe de su cabeza con la acera de la calle Cesaraugusto. Pensó que había muerto. Pero estaba vivo.

Una ambulancia le había trasladado al centro donde se recuperaba de una parada cardiorespiratoria. Los doctores le diagnosticaron un traumatismo craneoencefálico severo, además de asfixia y múltiples hemorragias que le mantendría postrado un mes en una cama de la Clínica Montpellier, donde fue ingresado horas después. Su evolución fue correcta y en agosto se marchaba a terminar la recuperación a Ondarroa con un informe médico positivo en la maleta y el seguimiento diario de los servicios médicos del Real Zaragoza. Eso sí, en las hemerotecas nadie aseguraba que Badiola volviese ser el muchacho alegre que se había acostado en el Corona.

Los peores augurios se cumplieron. José Ramón volvió a Zaragoza pero no volvió. El episodio le había convertido en un tipo extraño y huidizo al que el trauma de aquel julio le impedía progresar con el balón y sin él. Tras unos cuantos amistosos, el último ante el Calatayud, debutó el 9 de diciembre en un partido de Copa en Calahorra sin suerte ni acierto. Fue sustituido en el minuto 65. Ese sería el titular permanente de una Badiola que había dejado de ser Badiola. Su novia, asustada por una personalidad tan extraña que rozaba lo patológico, le abandonó. El muchacho, a menudo, tomaba el volante y, sin motivo aparente, marchaba a dormir perdido a su casa en Ondarroa.

Sólo jugó siete partidos de Liga como blanquillo ni uno solo como titular, tras convertirse en un futbolista casi residual para Manolo Villanova y Leo Beenhakker. Era un enfermo en pantalón corto a quien le faltaba atravesar una profunda catarsis mental para poner el punto y final al momento más terrible de su vida. Marchó cedido a Elche y volvió a Zaragoza con el mismo resultado: un tipo inadaptado, nervioso y desequilibrado. Definitivamente en enero de 1982 jugó sus últimos minutos como blanquillo en el Luis Casanova y volvió a su casa del Deportivo Alavés. Poco después colgó las botas.

Ingresado en una clínica, algunos dicen haberle visto pasear junto a Jorge Valdano en Ondarroa, aunque el Poeta lo niegue. Allí Badiola es un perfecto anónimo con un pie privilegiado y una cabeza a la que una tragedia viró por el camino equivocado. Entre los ídolos de la Puerta 14 pudo tener su hueco Brian Laudrup. Posiblemente el rumor que más nos ilusionó sin llegar a vestir jamás la camiseta del Real Zaragoza. Hablemos de fichajes frustrados, veranos de rumores y pillos que no tuvieron suerte ni ganas de trabajar. Pero eso ya es otra historia.

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