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Ganó la Copa de Europa con el Real Madrid

El expreso de la banda

Escrito por Carlos Puértolas

Lunes, 17 Octubre 2016 18:07
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Manuel Torres.

Durante sus últimos días Manuel Torres recordaba prácticamente nada. El maldito alzheimer había perforado cada uno de sus recuerdos hasta convertirlos en ceniza. No se acordaba que durante décadas había regentado una tienda de moda y vanguardias en la Calle Cádiz de Zaragoza, que por allí paseaba muchas mañanas junto a su esposa Ángela, ni mucho menos que había huido de la lluvia de bombas que asoló su Teruel natal en 1937. Manuel falleció el 14 de marzo de 2014 tras olvidarlo todo. También que había sido un futbolista excelso.

Torres alzó la Copa de Europa con el Real Madrid en 1957, la que calificaron como “La Segunda” ante la Fiorentina, jugando los noventa minutos en un Bernabéu abarrotado. Manuel compartió vestuario con Di Stefano, Kopa, Puskas y Rial, a las órdenes de José Villalonga. La Saeta rubia se convirtió en amigo íntimo y le llamaba “che mañico” haciendo su particular simbiosis entre Buenos Aires y el noble Aragón donde habían parido a este lateral veloz y habilidoso. En Zaragoza también se convirtió en leyenda. Menudo, rápido y con poco pelo le apodaron “El Torico” y, con la camiseta blanquilla, detuvo las acometidas de peloteros como Gento, Gaínza y Czibor, sobre el barro de Torrero y, también sobre el verde de La Romareda. Se marchó pronto del fútbol, quizá demasiado, pero sus tacos dejaron una huella imborrable en la banda derecha.

Los primeros recuerdos de Manuel Torres los acompañó una sinfonía terrible. La banda sonora de las escuadrillas de aviones, las ametralladoras y la muerte de la Guerra Civil. Al escritor Antón Castro le contó que jamás dejó de sentir el miedo al recordar su niñez entre soldados con la boca abierta y tiros en el entrecejo sobre las calles de su Barrio natal de de San Julián. En Teruel capital se libraron algunos de los combates más sangrientos y, junto a su padre, sus ocho hermanos y dos tías monjas, huyó de su casa en un camión rumbo a Valencia. Allí los Torres, panaderos de familia, continuaron amasando barras y hogazas. Y no les faltó de nada porque el trigo y la harina se convirtieron en oro. Manuel madrugaba para ayudar en el horno, aprender a leer y escribir y pelotear balones de trapo junto a los chiquillos de su calle; lucía una habilidad pasmosa.

Acabada la Guerra Civil volvió a su tierra, a Teruel. Allí combinó los estudios primarios y los tremendos madrugones como aprendiz de panadero junto a su familia. Todos salieron adelante. Manuel, ligero como ninguno, continuó rellenando sus ratos libres con el fútbol y también en la plaza de toros, donde se colaba cuando nadie miraba para aplaudir a los Arruza, Manolete y Dominguín. La habilidad del chico con el esférico llamó la atención del Alifante Primitivo Villacampa “Primo”, entrenador del equipo local, quien decidió ficharle para Tercera División. Como en su vida diaria lejos de la tierra y la cal, en el horno y en la escuela, Torres servía para casi todo. Destacaba en todas las posiciones del campo. Rápido, técnico e impertinente se convirtió en la figura. Cincuenta y un kilos de piel, poco pelo, mucho hueso, y unas piernas capaces de volar por las bandas de Teruel y los alrededores.

Pero donde Torres se convirtió en futbolista de verdad fue en el Manchego de Ciudad Real, donde viajó poco después. El muchacho fino, moderno y de largo recorrido protagonizó páginas de buen fútbol y alabanzas que pocos periodistas y mirones pasaron por alto. “El expreso de la banda” como le comenzaron a apodar en página impar y titular a cinco columnas se transformó, por méritos propios, en una de las perlas del mercado de 1953. Se habló del interés de varios equipos de Primera, del Rayo Vallecano, pero quien se llevó al chaval fue su padrino futbolístico en Teruel metido a ojeador: Primitivo Villacampa.
Primo le habló meridianamente claro a Torres: “No se comprometa con nadie. Se va a venir conmigo a Zaragoza”. Manuel respondió con la misma nobleza. “¿Sabe lo que le digo? No conozco Zaragoza y la quiero conocer”. Palabra de turolense. En 1953 pisaba por primera vez el campo de Torrero.

Aquel Real Zaragoza guardaba muchas similitudes al de este 2016. En un campo viejo, agotado y casi en ruinas, el club peleaba por subir a Primera División. Nada le costó acoplarse a una defensa junto a Yarza, Bernad, Castañer y, después Alústiza, quien llegaría un año más tarde. Galopó la banda como ningún futbolista lo había hecho hasta el momento; listo como pocos veía la hierba crecer cuando un delantero audaz encaraba su pecho o le intentaba superar por velocidad. Tras dos decepciones, con Edmundo Suárez “Mundo” en el banquillo y un tal Avelino Chaves en el ataque, el Real Zaragoza lograba el ascenso a Primera. Aquel equipo había vencido batallas de tacos de hierro y plomo, poco cuero y mucho barro frente a los numerosos equipos vascos que gobernaban a golpe de patada la categoría, además de un España Industrial que acompañaría a los aragoneses rumbo a Primera.

En 1957 el flamante Real Zaragoza y su nuevo estadio se presentaban en la máxima categoría. Torres estaba llamado, por derecho propio, a ocupar la posición de lateral titular durante lustros. Pero una noticia cambiaría su vida. El lateral del Real Madrid y con pasado zaragocista, Ángel Atienza, caía gravemente lesionado. La maquinaria blanca se puso a trabajar y el todopoderoso Santiago Bernabéu y sus secuaces peinaron el mercado en busca de un lateral de garantías que completase la mejor plantilla de Europa. Y lo encontró en Zaragoza, en un calvito delgado que había anulado a Paco Gento en un duelo personal en diciembre: Manuel Torres.

El lateral turolense escuchó a Bernabéu y no lo dudó. La oferta del gigante merengue era irrechazable. “Gané más dinero en tres meses en Chamartín que en toda mi vida”. Todo lo contrario le ocurrió al Real Zaragoza de Cesáreo Alierta quien, según cuentan, cometió uno de los grandes errores de su mandato: sólo recibió la palmada en la espalda de Don Santiago por la cesión de uno de sus mejores futbolistas. Torres contó que se adaptó rápidamente al vestuario merengue convirtiéndose en un cromo más de aquel álbum de ensueño. “Kopa, Marquitos, Lesmes, Mateos y Rial eran excelentes. Gento, con quien ya las había tenido tiesas en alguna banda, mejor. Pero como Di Stefano había ninguno”. A Antón Castro le relató, entre fábulas, el poder omnímodo e imperial de Santiago Bernabéu en aquellos tiempos. Tras haber debutado en Liga con el Real Zaragoza no podía hacerlo con el Real Madrid, pero el mandamás blanco movió sus hilos e influencias para que nada ni nadie impugnaran que Torres pudiese participar en el club blanco: “Salga a jugar”. La realidad es que no debutó en Liga pero sí en Copa del Rey, Copa de Europa y en la ya desaparecida Copa Latina.

Manuel Torres corrió la banda de Old Trafford, contra el Manchester United y, jugó al primer toque en la final de la Copa de Europa contra la Fiorentina el 30 de mayo de 1957. El Real Madrid ganó por dos a cero con goles de Gento y Di Stefano. Precisamente la Saeta Rubia aparece abrazado a Torres en la foto histórica de los campeones. Y es que un poquito de la chapa brillante de “la Segunda” que hoy luce en la vitrina blanca es mérito de este turolense audaz, cabezón y rápido, quien se comió la banda y curtió ante los mejores regateadores del continente. De Madrid regresó otro Manolo Torres, más pulido y refinado, al que su paso por la capital le había aportado oficio, relaciones, amistades, fama, dinero y un hábito futbolero complicado de adquirir en aquella Zaragoza. Todo eso pero no el amor. Se casó con la mujer de su vida, una muchacha que había conocido durante su etapa en el Manchego, Ángela Buendía, quien le acompañaría hasta su final.
Las cualidades físicas excepcionales y su buen toque con la pierna derecha y la izquierda sustentaron a Torres cuatro años más al máximo nivel. Con el brazalete de capitán del equipo y junto a Enrique Yarza sostuvieron al equipo en lo más alto del fútbol. Los periódicos narraban las batallas de poder a poder ante Gorostiza, Gento y Gaínza de las que, casi siempre salió triunfador.

Manolo tenía claro que su final deportivo estaba cerca. No quería años de banquillo ni mucho menos que se le viesen las vergüenzas delante de veinteañeros con mostacho y un sprint similar al de un rayo. Cuando comenzó a notar y a sentir que aquellos le superaban, que su punta de velocidad ya no era suficiente, decidió dejarlo y cederle el brazalete a Yarza. Los pollitos veloces no le superarían jamás. Con treinta años y muy pocos duelos perdidos decidió dejar el fútbol profesional y dedicarse a su nueva pasión, la moda. Invirtió sus ahorros en una tienda de ropa en la Calle Cádiz número 5, cerca de donde Severino Reija fundaría un negocio similar años después. Allí se ganó la vida con la misma disciplina y cuidado que en el fútbol. Contó sus historias en el sótano de su tienda a quien las quiso escuchar, antes de sus infinitos paseos por los alrededores de Independencia con su esposa en el brazo.

Al final Manuel Torres perdió la memoria y lo olvidó todo. La Puerta 14 camina esta mañana por la puerta de Torres Moda, en la Calle Cádiz 5. Allí todavía se conserva la vieja firma del Expreso de la banda, en rojo y dorado, como logotipo de un escaparate en el que se exponen tres vestidos de mujer de tonos verde y negro, un par de bolsos y unos pañuelos de colores parecidos. Una dependienta con rasgos latinos pliega los últimos modelos en las estanterías mientras espera que alguna clienta cruce el dintel de la puerta y compre donde un día un ex futbolista campeón de Europa se ganó la vida de manera más que digna. Torres contó todo esto a quien le quiso escuchar. Luego el Alzheimer redecoró sus gestas, las desvirtuó después y, por último las destruyó en su memoria pero no en la del resto.

Demos unos pasos adelante hasta un futbolista total que jugó frente a la Puerta 14 once partidos: Frank Rijkaard. Eso ya es otra historia.

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