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Desde la puerta catorce, blog de Carlos Puértolas

El patriota

Escrito por Carlos Puértolas

Viernes, 11 Noviembre 2016 15:42
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Ivica Surjak (Foto: Wikipedia)

El 10 de septiembre de 2003 un grupo de desalmados incendiaron el coche de Ivica Surjak. El fuego lo convirtió en un amasijo terrible de hierros totalmente calcinados. No tuvieron piedad. Cinco meses antes Surjak había sido acusado de fraude fiscal, abuso de cargo y falsificación de documentos junto a nueve directivos del club de su vida, el Hadjuk Split. Según la investigación, los dirigentes de la entidad croata perjudicaron las cuentas por unos 27 millones de euros. El ex jugador no se explicó lo sucedido porque jamás había recibido amenazas. Afortunadamente no sufrió daños personales en una ciudad que había defendido con su propia sangre.      

Diecinueve años antes Surjak presumió de impresionante deportivo y pelazo rubio por las avenidas del centro de Zaragoza. El pollito balcánico conducía entre su casa y la Ciudad Deportiva para liderar un equipo entrenado por un tipo elegante de corte italiano y chaqueta americana a cuadros: Enzo Ferrari. Surjak fue un futbolista excelente, con un guante en su pie izquierdo, toque exquisito, cabezazo sublime y carácter muy particular. Lució su perfecta melena en Zaragoza durante nueve largos meses. Casado con una modelo parisina, también rubia y bellísima se convirtió en la envidia de cualquier jovenzuelo con aspiraciones glamurosas durante el lejano 1985.

Surjak conocía el verde de la capital del Ebro antes de que Ferrari, Chaves y el presidente Armando Sisqués le convencieran para abandonar el Calcio italiano y viajar a la Liga como última estación antes de guardar las botas en el fondo de su enorme armario californiano. Había jugado dos partidos oficiales sobre el césped de La Romareda con el brazalete de la selección de la vieja Yugoslavia en su brazo derecho, había entrenado en la Ciudad Deportiva, residido en las habitaciones del Hotel Corona de Aragón y, quién sabe, si visitado las barras de moda de la ciudad en plena ebullición de Naranjito y su Mundial 82. “Disfrutaremos de seis días de descanso antes de enfrentarnos a Irlanda del Norte” dijo al llegar a Zaragoza. Yugoslavia empató ante el combinado británico y una semana después ganó tan sólo por un gol a cero a la humilde Honduras. Surjak y sus muchachos se marchaban a casa en la primera fase no sin disfrutar de la bella Zaragoza. No eran cojos los locos hondureños quienes también rascaron un empate a la anfitriona España en el Luis Casanova de Valencia.

Ni él se imaginaba en aquel momento que, dos años después, volvería al estadio donde había izado una bandera (y algún codo) y abatido a todo un país. La directiva buscaba un elemento diferencial en la zona de ataque del equipo, un futbolista que tiñese el trabajo oscuro de Señor en color antes de que Raúl Amarilla pintase la cara al portero rival. La primera opción fue Rinaldi, un delantero de San Lorenzo de Almagro con un precio prohibitivo: 45 millones de pesetas. Inmediatamente fue descartado. El recién llegado Ferrari tiró de agenda y telefoneó a un futbolista que había entrenado un año antes en el Udinese y que curiosamente no utilizó ni una sola vez: Ivika Surjak. Este internacional yugoslavo había malvivido a la sombra de un pelotero total brasileño, mundialista y superior, Zico y de un tal Edinho. Apenas unos minutos en el equipo filial y una seguridad imponente en sí mismo era todo su bagaje sumado en el Calcio 83-84.

Ferrari fue definitivo en una operación express y secreta, a la que pronto Valeriano Jarné, Alejandro Lucea y compañía pusieron luz y taquígrafos. El 28 de agosto Surjak pisaba por primera vez Zaragoza. “Estuvo en la Ciudad Deportiva haciendo una prueba de esfuerzo con la máquina que para ese fin adquirió el Real Zaragoza”. Su cama también se había convertido en un misterio resuelto horas después mediante “el soplo de un directivo fiel”. Este enigma lo criticaron los plumillas de Heraldo con cierta socarronería: “No es ilógico dadas las directrices oscurantistas que la actual directiva ha impuesto”. El caso es que Surkaj llegó al Hotel Romareda acompañado del preparador físico Cleante Zat “cuya expresión, al ver a los periodistas fue todo un poema. Esto no es serio, dijo. Puede hacer fracasar la operación que Ivika esté aquí y lo contéis”. El futbolista, antes de huir a la habitación, declaró que estaba bien y preparado para debutar si Ferrari lo estimaba oportuno.

Un día después se ejercitaba con el grupo y las advertencias de Zat casi se convierten en realidad. Serios problemas con la Federación italiana, el Udinese y el propio Zaragoza a punto estuvieron de echar por tierra el fichaje. Tras dos días de incertidumbre y rumores  el traspaso se cerraba por 16 millones de pesetas, cuatro pagados por el propio Surjak, no sin antes hablar telefónicamente con su antiguo club. Los trámites burocráticos y las complicaciones más graves habían quedado resueltas.

En el reconocimiento médico dejó a todos asombrados “Surjak es un atleta que juega al fútbol. Es todo fibra en una constitución perfecta”. Sisqués se dio por satisfecho. “Tenía algo de miedo por su inactividad pero esto era una gran ocasión. Con este fichaje quedan resueltos los problemas del equipo de medio campo hacia delante”.

La foto de su firma deja bien a las claras que Ivica fue un adelantado a su tiempo. Vestía una camiseta oscura que bien podría lucir cualquier treintañero en 2016, además de un reloj tan brillante como su melenita rubia. Al lado Armado Sisqués tampoco desequilibraba el retrato con su chaqueta de cuadros y cuello alto. “Conozco la dureza del fútbol español pero no me asusta. Ya he jugado siete veces contra España”. Y tanto. Surjak disputó la batalla de Belgrado en la que Juanito recibió un botellazo, ambas selecciones se sacudieron lo inimaginable y Rubén Cano anotó un gol que dio el pase al combinado nacional al Mundial de Argentina de 1978. Un tipo alto, con miles de tiros en su piel, fútbol excelente y 82 kilos de peso reforzaba la zona izquierda de ataque. Y, cómo no, reconoció que ya conocía la ciudad “recuerdo con cariño mi experiencia en el Mundial de España. Esta ciudad me gusta”.

No llegó tan fino como presumía. A pesar de no ser un tipo descuidado le costó alcanzar el nivel de los Señor, Barbas y Amarilla. Eso sí, cuarenta y cinco minutos mediocres en la primera jornada de Liga contra el Hércules quedaron olvidados del imaginario popular con el acontecimiento trascendental ocurrido días después. El sindicato de futbolistas convocaba la histórica huelga de 1984. Aquel septiembre seiscientos jugadores se negaron a participar en la segunda jornada, emulando a la huelga de “botas caídas” celebrada en 1979 para reivindicar unos derechos laborales inéditos hasta entonces. Los clubes y la Federación de fútbol tiraron por la calle de en medio y el Real Zaragoza se presentó en el Camp Nou con un equipo de juveniles entrenado por Carlos Rojo frente al filial culé de Segunda División B; allí, por cierto, cocía el fútbol un turolense, Luis Milla. El portero suplente de aquel juvenil, Juan Ignacio Montorio, cuenta que nunca voló tan alto como en el descanso bajo los palos de la portería azulgrana. El equipo aragonés perdió 4-0 y Surjak, acompañado del otro recién llegado, Canito, ganaban tiempo en la Ciudad Deportiva para poner a punto sus motores. “Lo único bueno de la huelga es que favorece la integración de Canito y Surjak”. El 20 de septiembre y, tras otra jornada, esta vez con paro total y una guerra encarnizada de declaraciones, la Asociación de futbolistas (Juan Señor era una de sus dirigentes), los clubes y la Federación española de fútbol llegaban a un acuerdo.

Aquel hito provocó que Ferrari pudiera pulir a Surjak hasta la visita del Real Zaragoza a Pucela el 24 de septiembre de 1984. En Zorrilla jugó como titular y desplegó un fútbol espléndido. Los cronistas le puntuaron como uno de los mejores “pese a que aún no está en plenitud fue uno de los mejores. Jugó la pelota siempre bien y con inteligencia”.

En una España consternada por la muerte de Paquirri en Pozoblanco y una Zaragoza de preparativos para la visita de Juan Pablo II, este yugoslavo millonario ex residente en Paris se convirtió en tendencia en la ciudad con sus gafas de sol de espejo, las camisas floreadas abiertas hasta casi el ombligo, un cochazo y un juego tremendo desde la banda izquierda. Su primer gran duelo lo jugaría en La Romareda convertida en un patatal tras haber utilizado medio terreno de juego como escenario para festivales en las fiestas del Pilar de aquel 1984. Sin riego, seco y con un aspecto bochornoso visitaba el huerto todo un Real Madrid, que, en una versión menor sin Juanito ni Santillana, vencía por 0 goles a 2 a pesar del buen partido de Surjak. Sisqués declaró que había sido una de las taquillas más importantes de la historia del club. Lleno absoluto y 25 millones de pesetas para las pírricas arcas de la Calle Cinco de marzo.

El futbolista yugoslavo creció con el paso de las semanas. A Osasuna le marcó su primero gol tras un tremendo golpe con el portero navarro que le obligó a retirarse del Sadar. Dos puntos de sutura que ni mucho menos restaron su éxito. Formó una sociedad eficaz junto a Raúl Amarilla, Señor y Barbas.

Pero no todo resultó feliz. Tras una gran primera vuelta Surjak comenzó a encadenar dolencias que le alejaron de su mejor versión. El Real Zaragoza cambió de presidencia. Pronto anunció que esa primera intención de continuar en la ciudad un año después había cambiado. El cocktail, con Canito a su lado en el vestuario y Raúl Amarilla recién vendido al Barça, se agitó el cuatro de junio, cuando el Real Zaragoza viajó a Italia a jugar un amistoso impertinente ante el Torino que sentó como una puñalada en la plantilla. En el aeropuerto de Barcelona y vestidos como dos auténticos marcadores de tendencias de vuelta de casi todo, Surjak y Canito mostraron su tremendo malestar con su situación y con los servicios médicos “No tengo nada contra la ciudad que es tranquila, ni contra la gente que es noble y simpática. Pero en Zaragoza me he encontrado problemas que no existen en ninguna otra parte del mundo. El fútbol español camina hacia el desastre”. Pero sus quejas no se quedaron ahí, también descargó su ira sobre los galenos “mi única lesión la he padecido en el Real Zaragoza. Me lesioné en el partido que jugamos en Elche y hasta entonces nunca había tenido nada. Entonces me operaron del menisco”.

Tras el explosivo viaje y la posterior eliminación en la Copa del Rey, Surjak se despedía de Zaragoza para no volver. Voló hasta California, a la ciudad de Santa Mónica para disfrutar de sus ahorros junto a la modelo, en un lujoso apartamento con vistas al océano Pacífico, piscina incluida. La Federación yankee le ofreció trabajar en la organización del Mundial de Estados Unidos 1994. Surjak era voz autorizada en una tierra donde el fútbol sólo es soccer. Cincuenta y cinco veces internacional y capitán de la selección de Yugoslavia, aquel trabajo duró poco, lo que tardó Surjak en ver por televisión lo que ocurría en su lejana Split. Patriota croata observó como estallaba la Guerra de los Balcanes en 1991. En su ciudad natal, donde residía su familia, comenzaron a dispararse las ametralladoras. No dudó en volver. Abandonó su acomodada residencia de lujos y volvió a casa para luchar “por la democracia y la libertad de mi tierra”. Nada quedaba del tipo vanguardista que había paseado su palmito por la capital del Ebro. Abandonó “entre lágrimas a su esposa y sus dos hijas” y volvió para pelear “por algo que considero justo”. “No he venido a hacer la guerra contra Serbia, he venido a defender mi tierra del terrorismo serbio”, reconoció a La Gazzeta dello Sport. También reclamó la implicación física de otros deportistas croatas asentados en suelo norteamericano, como Toni Kukoc y el Goran Ivanisevic quienes sólo habían prestado apoyo moral. Tanto el jugador de los Chicago Bulls como el tenista se quedaron en Estados Unidos.

Yo siempre he sido croata y quiero que se sepa”. Lo decía un hombre que había cumplido con el servicio militar en Eslovenia, juntos serbios, eslovenos y macedonios, quienes pasaron a ser enemigos de guerra. “Debemos ganar esta guerra. He venido para eso”. No murió y en los Balcanes no venció nadie.
En 2003 su coche ardió tras una gestión más que discutida como Director deportivo del Hadjuk. Eso sí, Surjak navegó con su yate por las costas croatas aunque desconozco si en popa o en proa le acompañaba la bella francesa.

Muchas vueltas dio también un Lobo metido a cantante, el Lobo Diarte. Pero eso ya es otra historia.

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