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El alemán hizo gala de sus caprichos en el Real Zaragoza

Andreas y una señora de Utebo

Escrito por Carlos Puértolas

Lunes, 15 Febrero 2016 13:00
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Andreas Brehme ha limpiado inodoros en la fría Hamburgo. Al parecer su acento alemán hace eco en las cuentas donde un día acumulaba toneladas de caviar de beluga. Se lo ha gastado todo, incluso los cobres que le pagó el Real Zaragoza durante diez meses entre 1992 y 93. No me da pena. Ninguna.

El entonces interista Brehme ya era héroe germano cuando su esposa le convenció para fichar por el Real Zaragoza. Dicen las hemerotecas que sobre la mesa tenía una oferta mareante del imponente Barça de Cruyff. Pilar (mujer de Andreas, utebera de cuna, temerosa y presumida) prefería lucir a su rubio por Independencia y no por unas Ramblas donde toda Barcelona se había levantado la falda para lucir unos Juegos inolvidables.

Aquí nos preparábamos para recoger las migajas olímpicas con un puñado de partidos ridículos narrados en inglés norteamericano. Los duelos del morbo, decían. Dos aliados a miles de kilómetros se enfrentaban al soccer bajo el imponente sol de La Romareda: Estados Unidos vs Kuwait. Aquello nos vino bien a muchos. Necesitábamos un poco de rodaje anglosajón antes de actualizar el pasaporte futbolero y viajar con la UEFA por primera vez en nuestras vidas.

Eso sí, soñábamos con un cromo valioso para sentir que aquel no era un álbum más. Y llegó. Tras ganarle por la sábana a Núñez, el presidente Soláns fichaba al mejor lateral izquierdo del mundo con permiso de un tal Paolo Maldini. El 16 de julio Andreas Brehme era presentado en La Romareda.

El mentón zaragocista se alzó al cielo. Le habíamos arrebatado un fichaje de campanillas al Campeón de Europa y lo vestimos como sólo él merecía; con aquella flamante camiseta de tres rayas azules sobre el hombro derecho; Pret a Portér en una moda futbolera, entonces en blanco y negro. La vi, mi hermano mayor la compró y yo la heredé. Cosas de la edad.

El guante zurdo se quedó en Alemania y su tacto también. Ya a su llegada declaró que su primera opción había sido el Camp Nou pero que la incapacidad azulgrana de vender a Witschge le había obligado a conducir su flamante descapotable 300 kilómetros más por la A-2. Andreas era estrella y estrellita.

No estuvo a gusto en Zaragoza. Víctor apostó por él tanto en el lateral izquierdo como alternativa a Darío Franco en el medio. Aportó juego y gotitas de calidad pero nunca el sudor y el fútbol que acreditaba su credencial. Tampoco se adaptó a la ciudad. Cuentan de Brehme que, cuando su impoluta melena rubia dejaba de estar perfecta, jamás confiaba en una navaja zaragozana y acudía a las finas tijeras de su peluquero milanés.

No sólo eso; al parecer y por contrato, cualquier dolencia sólo podía ser diagnosticada por sus médicos de confianzaalemanes. Más de un resfriado presuntamente traicionero surgió en fechas marcadas en negrita en el calendario vacacional germano.

Se atrevió a lanzar y fallar penaltis con su diestra menos buena, a marcar goles de volea con la izquierda en ese mismo partido contra el Cannes, a ser aclamado en Dortmund como un héroe nacional también en UEFA y a retar a Víctor Fernández en la charla previa a la visita del Tenerife a La Romareda un once de abril de 1993.

El joven Víctor le indicó que debía ocupar el lateral; y el rebelde y olvidadizo Andreas se negó diciendo que él jamás había jugado ahí. Esa amnesia temporal y ridícula no convenció al técnico quien le dejó fuera del equipo. No jugó ni un minuto más con las flamantes rayas azules en el hombro. Javier Paricio y el viejo Soláns decidían rescindir su contrato por indisciplina.

Desconozco si Andreas y Pilar se despidieron de su familia de Utebo antes de huir a la gélida Bundesliga. Andreas no volvió por aquí, al menos de forma pública. No fue el último fracaso ilustre. En La Romareda también erró otro campeón del mundo; un brasileño sonriente e incomprendido. Se llama Marcos Evangelista y le apodan Cafú. Pero eso ya es otra historia.

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