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Desde la puerta catorce, blog de Carlos Puértolas

El lobo feroz

Escrito por Carlos Puértolas

Lunes, 28 Noviembre 2016 21:37
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Lobo Diarte (Foto: Heraldo.es)

A Carlos “Lobo” Diarte nunca le gustó la música tradicional paraguaya. Su melena oscura y sus ojos achinados y su disparo eléctrico habían huido del sonido guaraní, la chipa guazú y la pajagua mascada cuando tan solo era un adolescente triunfador. Más tarde, con casi treinta años y una década sobre hierba europea, soñó con contonear su cuello y su cadera al ritmo de Sultans of swings de los Dire Straits. El resultado se acercó más a un maniquí casposo que a una estrella del rock. Diarte emitía una voz pausada y poco melódica, a miles de kilómetros del tono personalísimo del gran Mark Knopfler y su banda. Antes que solista y presunta estrella en el especial de Nochevieja de 1976 en TVE jugó al fútbol a una velocidad atroz. El Lobo mordió cada área con una fiereza tremenda para triunfar en la Liga española, además de anotar el gol 1.000 de la historia del Real Zaragoza.

A principios de los setenta el pez paraguayo estaba barato y rico. Avelino Chaves utilizó redes de deriva en un mercado económico y que ofrecía un tiburón jovenzuelo a precio de trucha. En el ataque del Olimpia de Asunción, Diarte se había transformado en figura. Había debutado con sólo dieciséis años y, poco después, se había convertido en la referencia de uno de los grandes de Paraguay. Su rapidez y su olfato enamoraron al ojeador gallego, quien ya había colocado anzuelos en la boca de Ocampos, Soto, Cacho Blanco o Saturnino Arrúa. Y todos mostraban un rendimiento más que positivo.

Precisamente su enemigo íntimo en el Cerro Porteño, Saturnino Arrúa, sirvió como cebo. Seis meses después de la llegada de Nino a Zaragoza, y tras un puñado de llamadas telefónicas entre los compatriotas, el bueno de Carlos cogía el mismo avión a la Liga española. Con parecido pelo largo y cuidado, rasgos paraguayos y un colmillo voraz aterrizaba un lobo con hambre.

Para ambos el traslado de continente fue tremendamente complejo. Atrás quedaba una Liga en la que habían hecho historia y en la que, a su corta edad, se había convertido en los iconos del lugar. El cambio suponía una transformación radical. De ciudad, de costumbres y de rol porque aquí en Zaragoza pocos sabían de sus hazañas a unos cuantos miles de kilómetros. Ese peso pesado futbolero había que ganarlo de nuevo en el césped y empezando desde cero. Diarte aterrizó un frío invierno de 1973 con el carné de suplente de su compatriota Felipe Ocampos en la cartera. En seguida, se puso a entrenar a las órdenes de Luis Cid Carriega.

Diarte supo pronto que la exigencia y las condiciones que iba a padecer en España se elevaban al cubo con respecto a las del campeonato paraguayo. Sólo unos días después de firmar su contrato visitó el viejo Atocha en el primer viaje con el grupo. Aquella noche no llegó a jugar pero vio con sus propios ojos una intensa lluvia y un barrizal tremebundo bajo los tacos de un Real Zaragoza que perdió por 2-0. Diarte, aunque no jugó un solo minuto, se convirtió en protagonista de lo que calificamos como zona mixta. Lo recogió la gran pluma de Alejandro Lucea: “No nos hemos merecido perder. Si el equipo me necesita, allí estaré aunque no estoy para jugar 90 minutos y menos en campos mojados como este. No estoy acostumbrado”. Lucea culminaba su columna con un deseo plausible de toda la afición blanquilla “queremos verle las orejas al Lobo”.

Esas orejas, además de su pelazo y su piel curtida por el sol, permanecieron tapadas hasta la segunda semana de febrero de 1974 en La Romareda. La afición, el club y la ciudad entera rendían homenaje a uno de los suyos, al gran Severino Reija. La visita de cortesía la hacía el campeón de la Liga húngara, el Upjest de Budapest, un perfecto desconocido que ofreció buen fútbol y mejor gaznate. Aquella noche en el restaurante de la Feria de Muestras, y tras ovacionar a Reija, los ilustres invitados se lo bebieron todo, a pesar de no saber ni una palabra de español ni de quién era aquel futbolista.

Diarte debutó en la segunda parte del homenaje “marcó un gol pero está lejos de su mejor rendimiento”. Su ADN goleador estaba colocado sobre el tapete, ahora le tocaba mejorar en prestancia y juego en favor del equipo. “Debutó Diarte sin mucho éxito porque su bien marcó un gol, en el resto de sus intervenciones no llegó a dejar constancia de ser un hombre en punta totalmente hecho. Hay que suponer que los nervios le jugaran una mala pasada y que sólo actuando venza el difícil hándicap que para un muchacho de sus años significa el insalvable periodo de adaptación más difícil cuanto menor sea la edad. Hay que esperar para juzgarle con más rigor”. El verbo rococó de Lucea pedía una paciencia que en La Romareda se concedía a gotitas contadas. Diarte, arropado por el resto, lo agradeció “lo que tengo que destacar es el apoyo prestado por mis compañeros. Me han alentado continuamente en este partido”.

Aquella noche Severino escuchó el aplauso de todos, incluido el Gobernador Civil, el Alcalde de Zaragoza y el gran Paco Ortiz que ejerció de maestro de ceremonias. Sólo faltaron las majorettes y las reinas de las fiestas del Pilar. Los húngaros se marcharon calientes a su fría tierra y el millón de pesetas recaudado se destinó a obras benéficas. Por todo, Reija es hoy el futbolista más elegante.

No fue mejor el debut de Diarte en partido oficial en Castellón. El viaje por las viejas carreteras de la provincia de Teruel supuso un infierno en el que la plantilla atravesó nubes, claros, lluvia e incluso nieve. El futbolista se tiñó de blanco negro, azul y rojo. A pesar de esa amalgama cromática, al llegar a Levante Carriega apuntó “Diarte se encuentra en perfectas condiciones para debutar en Liga.

El autobús y su mínima adaptación le jugaron una mala pasada. Los cronistas le tildaron de “Corto de ambiciones”. Él mismo hizo una profunda autocrítica de su actuación en Castalia “Estuve nervioso. No pude llegar a tope de mis posibilidades. Habré vendido más o menos pero he intentado ser útil al equipo”. Corrió, luchó y nada más. Media botella de confianza estaba bebida tras aquel debut deficiente.

Luis Cid Carriega le protegió y Carlos captó el mensaje. Fuera presión “Ocampos es el titular y el entrenador se ha decido por él”. Lo dijo unos días antes de la visita a La Romareda de todo un Real Madrid. El técnico le dejó en el banquillo y colocó el peso del ataque en un Ocampos que tenía cuentas pendientes con Benito y que se marchó al vestuario a la media hora junto a Pirri. Arrúa marcó dos goles y resultó definitivo para sellar la victoria aragonesa.

Las circunstancias, eso sí, dentro de un ambiente más tranquilo, volvían a colocar a Diarte como titular una semana después en Granada. Sin la presión del primer día respondió con un gol, el primero de los muchos que anotaría vestido blanquillo “Nadie echó en falta a Ocampos. En el juego de las comparaciones salió a favor del neófito que todavía es Diarte”. La botella volvía a estar llena. El tanto lo había anotado tras un pase milimétrico de su íntimo Arrúa. “Mostró cualidades sobradas para hacerse con un puesto en la delantera zaragocista”. Días después Ocampos pedía marcharse tras cinco enormes temporadas vestido de blanquillo y cuarenta goles entre cabeza y botas. Curiosamente Diarte no varió su mensaje “Tengo que rendir mucho más”.

Esa filosofía le catapultó al once titular y en imprescindible para Carriega. Su plenitud llegó el 4 de enero de 1976. Visitaba Zaragoza el Barça de Johan Cruyff y, a pesar de una actuación arbitral del colegiado López Samper más que controvertida, Diarte anotó tres goles y dio el pase del cuarto para propiciar un espectacular empate a cuatro final. “Estuvo valiente, combativo, rápido, inspirado, una pesadillas para la zaga culé ¿Se le puede pedir más? Sobresaliente”. Su techo en Zaragoza estaba más que alcanzado. Los Zaraguayos ya eran historia, tanto en el campo como en la ciudad. Diarte conquistó a una muchacha apoyado en las barras de la capital aragonesa y comenzó a recibir llamadas con muchas promesas y más ceros procedentes del Turia.

La mejor manera de librarse una tentación es caer en ella. Lo dijo Oscar Wilde y lo ratificó Diarte. El futbolista siguió la fórmula a la que todos recurren cuando su etapa en un club acaba a final de temporada. Primero lo negó “Sólo pido que dejen de perseguirme. Ya basta de fantasías y de inventos. Hablé con Zalba de mi renovación. Pienso quedarme en Zaragoza para siempre”. “Piensa casarse e instalarse definitivamente en Zaragoza” decían los plumillas sabedores que la operación estaba pendiente de unos cuantos ceros más. La cifra se multiplicó por cinco. De cobrar poco más de un millón trescientas mil pesetas en Zaragoza pasaba a cinco por temporada, además de los sesenta que el Valencia pagaría al club zaragozano. Evitado el descenso en Granada y tras una comida en la Ciudad Deportiva días antes, entre el presidente Zalba y el presidente che José Ramos, el acuerdo quedaba cerrado con un apretón de manos y una foto histórica. Allí un paraguayo extrovertido y de pelo visible en el pecho estrechaba la mano con su nuevo club. Nada quedaba del peludo que había llegado a Zaragoza desde su Asunción natal. De aquí partía un goleador contrastado, un devorador de área que había anotado treinta y un goles en poco más de dos temporadas, además de un solista en ciernes. “Aquí he estado dos años y medio. Conocí a mi mujer y he triunfado como futbolista. Me da penica irme”. “Ella me seguirá donde vaya, aunque sea a China”. La reflexión final y definitiva la puso el cronista: “Diarte ayer era un hombre feliz”.

El Lobo estaba equivocado en una afirmación de su despedida. Triunfó como futbolista, también en Mestalla, y le daba pena marchar de Zaragoza, pero su relación con aquella chiquilla enamorada no salió bien. Según relató Heraldo de Aragón en 1988 visitó el Colegio el Carmelo para ver a las hijas del ya entonces primer matrimonio. La Directora se lo impidió al no contar con una autorización materna. Esa visita tenía otro objetivo además de ver a sus vástagos: promocionar su primer disco que acababa de ser grabado y puesto a la venta. “Me gustaría formar un grupo como los Dire Straits. No me agradan los temas sentimentales. Mi mayor ídolo es Elvis Presley”. Lo relataba una caricatura de aquel muchacho fogoso y trabajador de principios de los setenta que había mordido en el pie de Ocampos. Su afición bajo la pera de la ducha, tanto de La Romareda como del Luis Casanova, la había convertido en profesión. “Siempre me gustó cantar. Recuerdo que en Zaragoza y en Valencia ya solía hacerlo pero era una afición entre amigos. En Valencia actúo en un programa de televisión y en Sevilla en un teatro con temas de mi país”.

En aquel disco incluía una macedonia de registros tremendamente diferentes: funky, reagge, bossa nova y country. Ni una palabra del artículo versó en torno al fútbol. “Ni me gustan las canciones sentimentales ni trato de modernizar la música sudamericana. Me gusta el pop y admiro a Bruce Springteen, Sting, Michael Jackson y Elvis”. Cantó en español y en un francés macarrónico que había aprendido en su última etapa como futbolista, en el Saint Ettiene de la Liga gala.

El mago youtube me ha dado la oportunidad de cotejar uno de sus hits “Tú volverás” y un puñado más de los cuatro artistas internacionales a quienes pretendía seguir. Cualquier parecido entre uno y los otros es un accidente desgraciado. Contaba que su forma de componer era realmente peculiar: “No tiene reglas fijas, primero compone y luego le mete la letra”. Con ese método nació Giovanna, Ibiza o Color Universo, tres temas que, seguro continúan de oferta en cualquier gasolinera con cassettes.

Diarte lo intentó como entrenador y dirigió nueve partidos al Salamanca en Primera División y al Gimnastic de Tarragona en Segunda pero fracasó. Incluso lo intentó como seleccionador nacional de Guinea Ecuatorial. Entonces unas pruebas médicas le obligaron a dejarlo todo.

Diarte falleció en junio de 2011 víctima del maldito cáncer. Hace menos, sólo dos meses falleció Miguel Ángel Bustillo. Un aragonés al que el madridista De Felipe quebró su carrera en un Clásico. Pero eso ya es otra historia.

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