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El hostelero de San José

Escrito por Carlos Puértolas

Viernes, 16 Diciembre 2016 15:54
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Imagen de Bustillo

El Hotel Molino Park de Salou acumula centenares de críticas pésimas en el portal web Tripadvisor. Lo tildan de mediocre, anticuado, explotado e incluso sucio. Quizá necesite una mano de pintura, una escoba, limpiacristales y algo más para que esos clientes encuentren argumentos positivos y reescriban su opinión sobre un complejo de seiscientas camas, dos piscinas, un jacuzzi y más de cien tumbonas.

Las fotos rezuman la misma decadencia que llamadas de reserva en su recepción; no hay habitaciones disponibles para el próximo puente. Quizá al pueblo ruso le guste lo cutre para luego descargar su indignación e ira masoquista. O quizá no sea para tanto. Al frente de todo hace un puñado de años estuvo Miguel Ángel Bustillo, uno de los delanteros más importantes que ha parido la cantera del Real Zaragoza. Falleció en septiembre de 2016 tras vender el hotel y regalar unos cuantos recuerdos imborrables durante la decadencia de Los Magníficos. Bustillo siempre fue un muchacho de barrio. Las primeras patadas al balón las propinó en los descampados de San José, en partidos a vida o muerte ante los muchachos de otros barrios de Zaragoza.

Su hambre por el fútbol ni mucho menos lo sació el Santos Majestad, el primer club de su vida junto a Ángel Aznar, quien después se convertiría en presidente del Real Zaragoza. Bustillo era el mejor. Con un olfato único, un remate de cabeza letal y un sacrificio inusitado, los ojeadores de la Ciudad Deportiva apostaron por este delantero menudo para el equipo de categoría juvenil. Se hinchó a meter goles, de todos los colores y en todas las posiciones pero debía crecer. Necesitaba que toda esa capacidad de pelea, puntería y trabajo aprendida en la calle se convirtiese en buen fútbol. El guiso resulta más sabroso si está reposado y la secretaría técnica del Real Zaragoza le envió lejos para que madurara. A una isla donde, separado de su círculo donde se ganara las habas en cada duelo: el Mahón mallorquín.


Y vaya que si lo hizo. Aprendió a jugar en todas las posiciones del ataque y marcó veinticuatro goles, diez de ellos de cabeza. Allí compartió vestuario con otro aragonés, Miguel Planas, quien sumó veintiuno. Había hecho méritos suficientes para volver al club de su vida, aunque en el primer equipo no hubiese hueco para su 1.72 de altura y 73 kilos. Delante tenía cinco muchachos con la panza llena tras haber hecho historia vestidos de blanquillo. Los cinco agitaban sus botas en busca de las gotas del jarabe magnífico que les había colocado en lo más alto. La botella de Bustillo rebosaba el entusiasmo.


De la isla volvía un hombre hambriento pero paciente. “Tengo escasas opciones de jugar en el primer equipo pero haré lo imposible por aprovecharlo” comentó a Heraldo de Aragón. Bustillo era un obrero del fútbol y trabajador hasta la extenuación. Según contaba, el delantero entrenaba por la noche en los caminos de tierra del barrio de la Quinta Julieta con los faros del coche de su cuñado como único foco de aquellos ejercicios. La oportunidad se la filtraron al propio Heraldo días antes de un partido de la Recopa ante el Glasgow Rangers, en marzo de 1967, una lengua larga sopló que “el jueves, al aeropuerto de Barcelona, cuando vuelva el equipo de las Islas Británicas, irá Bustillo. Se presentará contra el Barcelona supliendo a Villa que, presumiblemente será inhabilitado”. Dos días después y tras perder en Glasgow sobre un patatal helador el muchacho de San José se presentaba con su pequeño petate, bajo la escalinata del avión. “Como novedad cabe decir que el hasta hace unos días delantero centro del Deportivo Aragón Miguel Ángel Bustillo estaba en el aeropuerto en el momento que la plantilla descendía del vuelo”. Palabra de Heraldo de Aragón.


No marchaban bien las cosas para el Real Zaragoza. Seguía peleando por los puestos altos de la clasificación, vivo en la Recopa, pero el juego deslumbrante se había agotado. Y más tras la salida del entrenador francés Louis Hon y la llegada de Ferdinand Daucik al banquillo de La Romareda: “Es prácticamente seguro que jueguen el portero Alarcia y Bustillo. Este último está como un chico con zapatos nuevos. Muy ilusionado con su debut”. No mentía el técnico eslovaco. Aquel era el sueño de este chiquillo zaragozano por los cuatro costados, zaragocista y excelente jugador de pelo castaño a raya, dientes afilados y testarazo atroz. En un momento se había rodeado de aquellas estrellas que un día había admirado en La Romareda. Lo contó en El Periódico de Aragón: “Yo era un chavalico joven de San José y pensar en jugar con los Magníficos me parecía imposible. Yo había visto muchas veces al Zaragoza en La Romareda y podía con todos. Yo recuerdo haberlos visto jugar en la Copa de Ferias contra grandes equipos como la Juventus y el Zaragoza podía con todos. Tenía un equipazo y grandes jugadores como el 'León de Torrero'. Violeta era un fenómeno, el mejor medio volante que he visto”.


El aval del míster lo tenía más que ganado. “Bustillo es el jugador con más porvenir de cuantos hay en el Aragón. Es el más regular”. “Ya lo tiene. A ver si todo sale con el éxito que es de esperar, desear y suponer” contestaba el periodista de Heraldo. Tras unos días de concentración y haberse ganado el respeto en los entrenamientos los cinco Magníficos del Camp Nou fueron Lapetra, Canario, Santos, Marcelino y Bustillo. Ahí es nada.


El Camp Nou, quizá fue demasiado toro para un novillito con casta y futuro pero virginal en la elite. Ni él mismo se podría imaginar que esa se convertiría en su casa tres años después. Peleó lo indecible sin suerte de cara al gol “Luchó sin cesar, con enormes deseos. Valiente como pocos acusó el cambio de categoría. Dar el salto de Tercera a Primera y en el campo del Barcelona asusta a cualquiera y, para colmo lo marcó, y muy bien Olivella”. Nadie le pudo acusar de dejarse el alma. Incluso salió con dos puntos de sutura en una frente, que poco después, arrancaría ovaciones tremendas en La Romareda.


La apuesta de Daucik era al todo. Siete días después volvía a estar en el once inicial. Un examen, esta vez contra el débil Elche y delante de su público que cuidó y mucho a su pupilo “la parroquia premió la primera intervención de Bustillo con una ovación sincera y entusiasta. No sabemos cuánto tardará en resonar la primera pitada, que llegará, pero de momento el jugador navega con viento bueno”. Fue el mejor. Anotó su primer gol con la chamarra blanquilla, el primero de los muchos que desplazarían a un decadente Marcelino al banquillo de forma definitiva “Todo tiene su comienzo y su final, y Marcelino ya venía de vuelta. No es lo mismo cuando viene uno fresco, que insiste, que cuando ya estás en el ocaso”. Las críticas sobre el pollito de veintiún años fueron inmejorables “mejoró muchísimo el encuentro de hace siete días, claro que el ambiente y el contrario eran muy diferentes. Si sigue en esta línea de competitividad puede cuajar como un gran delantero centro”. Siguió. El papel protagonista de Marcelino decayó a favor del muchacho de San José.


 Jugó todos los partidos excepto uno. Para el recuerdo queda la vuelta de la eliminatoria ante el Glasgow Rangers. Bustillo jugó los 120 minutos de partido y, aunque su papel no fue determinante, sólo una moneda de dos viejos francos al aire eliminó al Real Zaragoza de aquella Recopa tras sendas victorias locales por 2-0. “Hemos hecho lo humanamente posible”, dijo el entrenador. “Nada que acatar aunque el método sea mezquino e injusto” respondió el cronista del partido en Heraldo de Aragón. Poco después lo mezquino se convirtió en un poco más justo con la implantación de las tandas de penaltis para decidir las eliminatorias y las finales empatadas.


Su peso creció. Tanto que Miguel Ángel se convirtió en imprecindible, y lo consiguió a base de goles, anotó veintiocho. El 2 de marzo de 1969 el Real Zaragoza le gana por seis goles a cero al Sabadell, con dos salidos de sus pies. “El tiro del ariete tuvo una fuerza y una potencia inusitada al recibir la cesión de Santos. Entre los dos defensores metió el pie con decisión”. Aquello y sus testarazos mortales resultaron decisivos para que Can Barça pusiera los ojos en el pollito con más futuro del ataque español. Tanto que debutó como internacional. Jugó cinco partidos de clasificación para la Eurocopa de 1968 y el Mundial de 1970. Anotó dos goles contra Suiza y Yugoslavia pero fracasó estrepitosamente junto al resto, en la nefasta tarde de Helsinki, la que llamaron “la derrota más triste de la historia de España” en la rotativa de El Mundo Deportivo. Perdió 2-0 ante una rudimentaria Finlandia y la selección, finalmente, no jugaría el Mundial de Pelé y Jairzinho en México 70.


El Real Zaragoza de aquel 1969 se salvó en las últimas jornadas de Liga. Sufrió y mucho en un periodo de decadencia. Bustillo lo dio todo para salvar al equipo y eso que, según reconoció después, en octubre pero de 1968 ya había firmado un contrato con el Fútbol Club Barcelona a cambio de 8.900.000 pesetas de la época, además de dos buenos futbolistas como Borrás y Oliveros. “Buen músculo maño, potente y elástico” comentó el plumilla de El Mundo Deportivo al ver cómo le daban su primer masaje como jugador azulgrana. Bustillo respondió con una tímida sonrisa. “Aporto mi fe, entusiasmo y sed de culminar esta incipiente obra que empiezo a desarrollar en este mismo momento. Triunfaré”. No emigraba solo “viviré con mi madre en un pequeño apartamento en Castelldefels. Estoy soltero y sin compromiso”. En la foto miraba el nueve azulgrana con hambruna.


Debutó con la camiseta culé antes del verano. El 4 y el 10 de mayo en Copa del Rey sin más éxito que la eliminación y unas merecidas vacaciones con casa en la costa barcelonesa, a unos pasitos de la playa. Quizá ahí fue cuando Bustillo se enamoró del mar y a su lado pasaría gran parte de su vida.


Su entusiasmo enamoró a la prensa catalana. Llegaba un muchacho de barrio, humilde, familiar y hambriento; con ganas de devorar el verde del Camp Nou a base de goles. El Mundo Deportivo lo comparó con otros dos talentos del Ebro: Pepe Nogués en los años veinte o el histórico futbolista de Las Cinco Copas y la canción de Serrat, Tomás Hernández “Moreno”, quienes hicieron los mismos trescientos kilómetros por la autopista desde Zaragoza a la costa mediterránea para triunfar. Aficionado al deporte de todo tipo y condición, en el Centro Natación Helios llevó a cabo su particular pretemporada a bordo de una piragua K-2 sobre las aguas del Río Ebro, como palista en el frontón del club polideportivo zaragozano e incluso como tenista de mesa, también en Helios. “Sólo cumplo órdenes de Artigas”, dijo.


Llegó, vio y triunfó hecho un auténtico toro, como se puede ver en una foto del diario deportivo barcelonés. En aquella pretemporada de 1969 tuvo tiempo de mostrar su colmillo en el Trofeo Joan Gamper. Precisamente en la final, cuando todavía se celebraba a cuatro, le marcó un gol a un invitado especial, el Real Zaragoza. La diana no dejaba lugar a dudas de que llevaba su marca: “Palau centró y Bustillo, en la misma línea, cabeceó a la red”.


Llegaba fino para la primera jornada de Liga que curiosamente, enfrentaba a Fútbol Club Barcelona y Real Madrid en el Santiago Bernabéu. El sorteo liguero de entonces no conocía de parabienes ni condicionantes a favor de los grandes sino una lotería pura. La salida azulgrana al estadio resultó una tromba incontrolable de fútbol y ocasiones que silenció Chamartín. El balón sólo rodó sobre la mitad de campo merengue. En el minuto tres Bustillo aprovechaba un rechace desde el suelo para batir a Betancort. Y a los cinco recogía un centro de Pujol y marcaba el segundo. Bustillo había callado a una parroquia que cuando todavía no había amoldado su trasero a la butaca ya perdía por dos tantos a cero. “¡Qué tíos, tiran desde todos los lugares!” exclamó el Bernabéu según la prensa catalana.


“Bustillo fue una constante flecha ante la defensa blanca”, hasta el inicio de la segunda mitad, hasta que un bárbaro acabó con su carrera. Pedro de Felipe realizaba una entrada asesina sobre el bueno de Bustillo, en la frontal del área. El colegiado Ortiz de Mendíbil no señaló ni falta. El joven de San José se levantó del césped de Chamartín pero no pudo ni siquiera trotar hacia la banda. Con la rodilla destrozada le sacaron del 105x70 entre dos futbolistas: Pujol y el portero blanco Betancort y, después, una ambulancia le trasladó a un hospital de Barcelona. “No podía andar ni dormir” declaró en una entrevista a El Periódico de Aragón.

Allí se confirmaron los peores augurios: rotura del ligamento lateral de la rodilla izquierda. “La primera impresión ha sido de catástrofe” declaraba el doctor tras dos horas y media de operación en la Clínica Quirón de la Ciudad Condal. El sanguinario De Felipe no sufrió sanción alguno pero sí, Bustillo, por protestar una entrada violenta en la primera mitad.


No le faltaba razón al cirujano, Bustillo no volvió a ser el muchacho eléctrico de Zaragoza, ni mucho menos el de esos poco menos de cincuenta y cinco minutos con el Barça. A base de pundonor, trabajo “y vivir como un cartujo” (como declaró a El Periódico de Aragón) consiguió volver a vestir de azulgrana, e incluso marcó un gol al Celta de Vigo en Copa del Rey ocho meses después, el mismo día de su reaparición. Volvió pero sin volver. El internacional Bustillo se había quedado aquella tarde del Bernabéu.


Con veinticinco años el Barça le traspasó al Málaga de Zárraga donde jugó cuatro temporadas, marcó menos goles y encontró el amor. Casado con una malagueña se retiró del fútbol y trasladó su casa a la Costa Dorada, a Salou a su hotel donde había invertido sus ahorros y se ganó la vida.
Miguel Ángel Bustillo fue un obrero del balón que volvió a Zaragoza sólo de visita para repetir y repetir sus historias a quien le quiso escuchar. Falleció el 3 de septiembre de 2016.


También nos dejó un muchacho al que compararon con Beckenbauer en La Masía, un tipo al que la Puerta 14 mostró veneración: Sergi López. Pero eso ya es otra historia.

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