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El barra brava

Escrito por Carlos Puértolas

Lunes, 16 Enero 2017 10:08
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Sergi López Segú.
Sergi López Segú.

Algunas personas fallecen de ancianas, así de simple. Otras mueren víctima de una terrible enfermedad. Unas pocas, no sé por qué se van. Sergi López Segú caminó la mañana del 4 de noviembre de 2006 hacia la vía de tren, cerca de la estación de su Granollers natal. No volvió. Hubo un tiempo que califiqué de cobarde a quien decidía marcharse por elección propia. Me avergüenzo profundamente de pensar aquello y mucho más de decirlo e incluso incidir en semejante ridiculez. Hace falta ser muy valiente para poner punto y final a tu propia vida.

Sergi mamó el fútbol desde la cuna. Este muchacho travieso, eufórico, alegre y futbolero era el mayor de tres hermanos, los tres futbolistas de Primera División llamados a convertir a los López Segú en una saga legendaria: el propio Sergi, Juliá y el pequeño Gerard. El primogénito destacó desde muy niño y en edad benjamín tanto los ojeadores del Real Madrid como del Barça pujaron por una promesa tremenda, la de un chiquillo capaz de defender atrás, marcar goles delante y rodear de sonrisas y bromas a todo un vestuario. La palabra de los rectores azulgranas, las maravillosas instalaciones anexas al Camp Nou, un taxi diario pagado por el club para transportar al muchacho hasta su casa y la cercanía con el Granollers de su vida le hicieron decidirse por La Masía.

  Internacional en categorías inferiores sobrevivía dentro de un Barcelona envuelto en una nebulosa terrible de lloros, motines, victimismo y derrotas sin parangón. En la Ciudad Condal se circulaba siempre un par de peldaños por debajo de su eterno rival, el Real Madrid, que coleccionaba títulos y más títulos a base de voltereta mejicana y Quinta del Buitre. Sergi, culé hasta la médula, jamás pensó que se había equivocado, ni que blanco y copas eran sinónimos y azulgrana un antónimo eterno.

Ansiosos por encontrar un nuevo referente en la zaga, la dirección deportiva unió su progresión a las clases del maestro (o no tanto) José Ramón Alexanco. Sergi se convirtió en un habitual en los entrenamientos del primer equipo, entrenado entonces por Luis Aragonés, y sujeto al calificativo de buen pagador y poco triunfador. El club culé fichaba a fantásticos peloteros a golpe de peseta para que a final de temporada, siempre ganase el Real Madrid. Sergi combinaba sesiones al lado de internacionales como Julio Alberto, Schuster, Víctor Muñoz o Gary Lineker con partidos con el filial junto a futuras estrellas. En aquel Barça Atlétic, en Segunda División, se dio una combinación curiosa. Sergi López compartió vestuario y ducha conun personaje que protagonizaría lo mejor de la historia del Real Zaragoza años después, aunque entonces, todavía no lo supieran ni uno ni otro: el héroe de París, Mohammed Ali Amar “Nayim”. Además de un villano ocasional un puñado años después: el exquisito Luis Milla.

Sobre Sergi sólo había buenas palabras. “En la cantera ha nacido una nueva Caballé” afirmaban sin pudor los rectores catalanes. Decían que tenía buenas maneras, un futuro espléndido y un carácter perfecto para convivir con cualquier estrellita caprichosa. Pero en febrero de 1987 una lesión paralizó todo ese crecimiento. El granollerense se rompió el menisco de una de sus rodillas jugando en el Palau Blaugrana una mañana de lluvia. Saltó para hacer un mate y al caer su articulación se rompió en mil pedazos. El deportivo espléndido y luminoso que circulaba a toda velocidad rumbo a Primera, el que había marcado según dicen el mejor gol de la historia del filial marchándose de todo y de todos, se detuvo en seco; tanto en lo futbolístico como en lo mental. Sergi mantuvo sus primeros devaneos con las depresiones. Había aprendido a tumbar el acelerador hasta el fondo pero no a coger impulso cuando la carrera se paraba de manera forzosa e involuntaria.

Aquella rotura ni mucho menos resultó una broma. Hasta cuatro operaciones y un auténtico calvario cambiarían su gesto risueño y golfo. La tristeza apoyada sobre tristeza hizo mella en su carácter.

Pero un fichaje alumbraría aquella sombra, catapultaría su carrera y la historia de Can Barça: el de Johan Cruyff como entrenador en 1988. El Flaco revolucionó un club perdedor. Exigió plenos poderes al presidente Josep Lluis Núñez para transformar todas y cada una de las áreas de trabajo, especialmente la del sistema de formación de futbolistas. Johan traía un libreto y un método revolucionario de su Ajax de Ámsterdam a una entidad deprimida, carcomida por el victimismo y seca de nuevas ideas. Sólo había ganado la Liga de Terry Venables en dieciséis años, un botín pírrico para un club que pretendía alcanzar el cielo (y lo logró). Estudió la entidad de arriba a abajo, posición por posición y futbolista por futbolista para conocer todas y cada una de las cualidades con las que contaba en la casa. Depuró el vestuario con un sistema casi stalinista. Sólo se quedaron nueve futbolistas y casi todos dispuestos a asumir un rol secundario. Para el puesto de libre necesitaba a nadie de fuera. En el equipo filial militaba un muchacho rubio, no demasiado alto, delgadito pero tremendamente polivalente y válido, porque aunque su hábitat natural se situaba en la zona de libre (posición muy de moda en las pizarras de entonces y desterrada hoy) aquel tal Sergi López estaba capacitado para ocupar y rendir delante. Cuando el partido se complicaba podía jugar hasta de delantero centro y meter goles decisivos para que aquel equipo ganase los partidos. El pollito había anotado hasta cincuenta y tres tantos en edad juvenil.

Los más osados lo compararon con Franz Beckenbauer, el enemigo íntimo de Johan en el Mundial de 1974. Quizá exageraron ansiosos de una esperanza dentro de una cantera yerma de ídolos y con necesidad de un catalán como futuro referente de todo un Barça.

Sergi entró en el primer equipo para quedarse. Debutó un 6 de noviembre de 1988. Sustituía a un inglés exquisitamente educado y elegante, Gary Lineker, durante toda la segunda parte. Aquella temporada disputó siete partidos y combinó la Primera División con la camilla de la enfermería. Y así tres temporadas, con la fe irreductible de Johan en un tremendo futbolista de cristal. En un lance frente a Zubizarreta se volvió a romper la rodilla. Sergi no era el mismo. Con Koeman ya en plantilla junto al futuro zaguero madridista, Nando, las necesidades del Barça estaban plenamente satisfechas y se quedó sin sitio en el germen de campeón de Europa.

En 1991 se marchó a Mallorca donde debía reencontrarse como futbolista. En el Luis Sitjar jugó veintidós partidos y anotó dos goles, el segundo ante el Real Zaragoza en La Romareda en la última jornada de Liga. Quizá uno de sus tantos más tristes porque el equipo bermellón de Serer, Fradera y Stosic se marchaba, sin remedio, a la Segunda División.

Víctor Muñoz, por entonces secretario técnico pensó en el futbolista para el centro de la zaga. Lo pidió al Barça de su vida, quien conservó sus derechos dentro de una operación a dos bandas. Colocaba al aragonés Pablo Alfaro en el centro de la zaga culé, junto a Ronald Koeman y en el Zaragoza a Sergi López. Eso sí, Johan se guardó una prerrogativa sobre su niño prodigio que nunca llegó a ejecutar. 175 millones y Sergi resultó el montante total de una negociación rápida entre José Ángel Zalba y Joan Gaspart. Víctor creía en el rubio y en sus cualidades, en recuperar al pelotero tremendo formado en La Masía y a quien sólo la maltrecha rodilla había restado parte de valor. Con Víctor Fernández como máximo responsable del banquillo, el club apostó por él junto a Esteban, Juliá, Solana, Brehme o Xavi Aguado, quien se convirtió casi en un hermano. Le apodaron Lapo, mote que traía de Barcelona. Desgraciadamente, no lo consiguieron.

El primer año sumó veintidós partidos entre Copa de la UEFA y Liga. No adquirió un papel fundamental pero sí el de una opción válida en aquel viaje europeo del 92 que acabó en Dortmund. Su aportación las siguientes temporadas se devaluó en el campo pero no en el vestuario donde resultó vital para unir a todo y a todos. Visitaba casi a diario a los chavales de la cantera de la Residencia Pignatelli al volante de su Mazda MX7. Se preocupó de hacer club y que el primer equipo jamás se convirtiese en un bunker sin relación con los muchachos que soñaban llegar hasta allí. Atractivo para todos y para todas todavía existen fotografías de sus bellas conquistas en el álbum dulce de alguno de sus admiradores y amigos.

Cuenta Xavi Aguado que en los momentos de bajón mental siempre estaba Sergi para levantar la moral del grupo y motivarle. Para los restos queda aquella tarde en la que gran parte de la plantilla acudió al Cine Palafox, en el Paseo de la Independencia, a ver una película de terror, recomendada por el propio Sergi. El catalán, sorprendentemente, no acudió con el resto a la sala pero sí un poco más tarde, solo y cuando la luz ya se había apagado. En la primera escena aterradora, agazapado una fila detrás, un señor con capa y careta de monstruo tocó el hombro y emitió un grito que provocó el aullido de toda la fila. Había sido Sergi quien se ganó la colleja y luego la carcajada sonora de sus compañeros. Otra vez pegó los zapatos a Moisés a la madera del vestuario y casi vuelven descalzos a casa e incluso arrojó una bomba fétida al vestuario.

En 1995 y con la rodilla hecha trizas estuvo más en la grada que en el campo. Cuando Víctor no contaba con él, Sergi, en lugar de sentarse en los cómodos butacones de La Romareda acudía al fondo, a gritar y animar como un hincha más. Con aquel sector mantuvo un idilio especial. No dudó en repetirlo el 10 de mayo en París. Víctor Fernández le comunicó que, una vez más, no entraba en la lista de convocados. Quizá no le importó (o sí), quizá su sitio aquella noche era otro; nunca lo sabremos porque Sergi calló y aceptó la orden de su entrenador. Supo que su partido se disputaba en el fondo, que debía buscar su lugar donde la voz y el aliento nacen para morir sobre el verde. En lugar de caminar hacia el palco del Parque de los Príncipes, vestido con el traje oficial junto a Darío Franco, Lizarralde, Gay, Cafú y la infanta Elena de Borbón, cogió un megáfono, se colocó una bufanda alrededor del cuello, saltó la valla perseguido por la policía y marchó a la grada blanquilla del estadio para contribuir con sus gritos y su soplido al mítico gol de Nayim. Entonces el tiempo se detuvo y Sergi entró en un trance maravilloso del que no quiso salir. Gritó, coreó, cantó, sufrió, rugió, animó, silbó y lloró. Todo eso entre los nuestros, entre su hinchada que había mordido el cuello al flamante Arsenal inglés.

Quienes allí estuvieron recuerdan que fue el último en acostarse. Ya con la Recopa ganada y el equipo descansando en el hotel, Sergi perturbó las silenciosas calles de París y sólo la policía gala le cerró la boca y le apagó el altavoz. Ya en la habitación pudo hablar con su familia con un revolucionario teléfono móvil de aquel 1995, el único de la plantilla.  Sergi era un amante de las tecnologías. Con su cámara de video grababa todo, aficionados, cánticos, fútbol, baloncesto, balonmano o lo que se le pusiese delante y, después, se lo enseñaba a su hermano pequeño. “Su coche era como un bazar” dijo Gerard en una entrevista a El Periódico de Aragón.

Sergi López volvió a Zaragoza y protagonizó la fiesta y los cánticos desde el balcón del Ayuntamiento, con el megáfono y la camiseta azul. Su final también la había ganado pero por goleada, sin necesidad de milagros ni tiros parabólicos. Merecía el mismo homenaje por parte de los aficionados. Jaleó a cada uno de sus compañeros, quienes se habían dejado el alma para traer a Zaragoza el último gran triunfo internacional del club blanquillo. El generoso Sergi arrojó su camisa azul oficial a la  plaza eufórica, la misma con la que le habían duchado en el vestuario de París. Cuentan que meses después, se la vio puesta a un humilde zaragozano que caminaba con ella, presumido, por el centro de la ciudad.

Apenas había jugado 180 minutos en toda la temporada. En junio se marchó al Gavá donde, con sólo veintiocho años puso el punto y final a su carrera como futbolista pero no a la de loco del balompié. Emigró a Argentina de la que estaba perdidamente enamorado. Cuentan que era fiel seguidor del programa del canal TyC Sports “El Aguante”, donde se mostraban las entrañas de las barras bravas e importaba los videos a un puñado de miles de kilómetros de su Monumental de River Plate. Las vacaciones del bueno de Sergi giraban en torno al calendario de la Liga albiceleste. Allí acudía para ver los grandes clásicos, mezclarse con la Gloriosa Butteler, La 12, los diablos rojos, la Guardia Imperial, los borrachos del Tablón y también gritar en campos minúsculos de la cuarta división donde vivía el otro fútbol en el césped pero no en el graderío, eso sí, siempre con una bufanda de su Barça alrededor del cuello.

Allí se enamoró de una mujer, tuvo una hija y también se separó y perdió la custodia. Volvió a España y, de nuevo, la peor de las enfermedades acabó minando su alma salvaje hasta acabar con él. Aquella mañana, hacia las once, caminó al tren.

Sergi ha muerto pero aunque Sergi haya muerto, siempre le esperaré.

Vive José Ángel Zalba, el último presidente electo de la historia del Real Zaragoza. Pero eso ya es otra historia.

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El Desmarque