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La magia del mundialista se quedó en Brasil

Cafú y su samba descafeinada

Escrito por Carlos Puértolas

Martes, 23 Febrero 2016 19:52
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Cafú es una mancha en el póster del Campeón de la Recopa. Busquen la chapuza y lo comprobarán, tal cual. Parece un bisoñé mal colocado al lado del portero Juanmi y encima del eterno masajista pakistaní Kabir Naná. La sonrisa paulista desequilibra la foto. Está claro, Cafú sobra.

Confiesen que, antes de llegar a Zaragoza, a este enclenque morenito y delgaducho sólo le habíamos visto jugar la final del Mundial de Estados Unidos en la que sustituyó al lesionado Jorginho y campeonó con Brasil. La España de las perillas, de Julio Salinas y Caminero y de la porca miseria contra Italia nos había dado una cucharada más de naftalina frente el fútbol total de Parreira y sus muchachos. No nos gustaba el entumecido manual de Clemente y sí la Brasil de la cola de vaca, de los bailes de Bebeto, Romario y Mazinho y del pelazo de Leonardo. Enamorados del sambódromo, el viejo Soláns nos iba a regalar, otra vez, una pizquita de Mundial.

Los reyes magos del 95 pusieron bajo el árbol de un equipo campeón (de la Copa del Rey) a un futbolista campeón (de la Libertadores, de la Intercontinental y del mundo). Tras un precioso envoltorio con lazo canarinho cruzaba el Atlántico un veinteañero sonriente, aparentemente simpático, quizá un poco tímido y, según contaban los parabólicos radiofónicos, con una diestra eléctrica.

Su nido natural tenía un gallo dentro. Aquí gobernaba el lateral un rubio de talento infinito, de la casa e internacional: Alberto Belsué. Cafú debía buscarse las habichuelas un poco más adelante como alternativa a Nayim. Y ahí le colocó Víctor. Magia, decían, de una guinda con más papel dorado a su alrededor que sabor en el verde.

Porque a esa guinda le faltó licor. Marcos Evangelista de Moraes (creo que Cafú se quedó en Brasil) no ligó su sabor gaucho en la tarta al güisqui que era aquel Real Zaragoza; un equipo de exquisito gusto por el fútbol y con un colmillo voraz a ritmo de tango y no de samba.

Aquí no bailó samba, ni aprendió tango, ni siquiera trajo un par de zapatos de charol, y eso que en la Puerta 14 le recibimos con la misma simpatía que mostraba su rostro y currículum. Cedido y no en propiedad Víctor Fernández le hizo debutar en el viejo Luis Casanova un San Valero de aquel año 95. Con el pantalón a la altura del ombligo sustituyó a Cáceres y cuentan las hemerotecas que su papel no pasó de discreto. Los viejos analistas no serían más benévolos en las crónicas de los otros dieciocho partidos en los que participó. Eclipsado por un sonido filarmónico, jamás tocó al mismo tono que el resto.

Recuerdo cuando Víctor Fernández le brindó unos minutos a Marcos Evangelista unos días después de la cena del 10 de mayo que él, por cierto, mordisqueó desde el palco. El Racing de Santander del eterno Setién ganaba con todo merecimiento a un equipo empachado. Víctor buscó en el banquillo una inyección de insulina para rebajar el tremendo atracón dulce de París y ahí encontró a un brasileño achicado por una plantilla en la que era puro atrezo. Cafú saltó al campo en sustitución de Nayim; voluntarioso (siempre) levantó la mano una y otra vez pidiendo el balón. Una y otra vez, sin efecto ninguno.

En la puerta 14 nos impacientamos al verle solo, sin balón, casi marginado por la ceguera temporal de sus compañeros. “¡Pásasela al Cafú!” gritamos con más pena que fe en su diestra, pero nadie contaba con él. Nadie le miraba. Gritó y agitó su brazo a izquierda y derecha y sirvió absolutamente para nada. Empató la rabia de Esnáider y Cafú se volvió a diluir en el caldito cocido por Santi Aragón.

Lo comentamos a la salida de La Romareda. Este muchacho sobraba. “¡Que saquen a alguien del Aragón!” Rugían los canteritas de postín que habían pedido la cabeza de Cáceres para colocar en la zaga al canterano Fuertes.

Inadaptado a un equipo que jugaba casi de memoria Cafú marchaba al Palmeiras al final de esa temporada, sin mostrar el fútbol que sí llevaba dentro y que sí enseñó en la Roma poco después. Y es que hacía falta ser muy bueno para destacar en aquel Real Zaragoza; todavía recuerdo cuando aquí se jugaba al fútbol y el marcador parecía de tenis. Metíamos goles y ganábamos sets: 6-­3. Pero eso ya es otra historia.

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