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Desde la puerta catorce, blog de Carlos Puértolas

El tendero de Recife

Escrito por Carlos Puértolas

Martes, 25 Abril 2017 15:06
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Duca en primera fila, con bigote (Foto: Europa en juego).

Existen futbolistas que se convierten en entrenadores. Existen futbolistas que se convierten en Directores Deportivos. Existen futbolistas que se convierten en colaboradores de medios de comunicación. Existen futbolistas que se convierten en representantes e intermediarios. Duca tiró por la calle de en medio. Ni una cosa ni la otra. Ni la de más allá. Fundó una tienda de ropa deportiva en su Recife natal. Allí vendió bañadores, balones, zapatillas, botas y pantalonetas de equipos y selecciones. Las mejores prendas para un futbolista de calidad que jamás desentonó en un equipo de ensueño. Duca, el pelotero de la calle Albareda, se marchó en 1965 y no volvió a Zaragoza jamás pero sí dejó como legado a un compatriota y ahora vecino de la ciudad: Darcy Silveira Dos Santos “Canario”.

Duca es Duca por culpa de su hermano. El pequeño de los Barroso creía que llamarle Adrualdo a la hora de desayunar, comer y cenar resultaba demasiado complicado de pronunciar para su pequeña lengua carioca. Un día de vagancia verbal decidió llamarle Duca. Al futbolista le gustó la reducción y ese apodo le ha perseguido el resto de su vida.

Hubo un día en el que el Real Zaragoza fichaba campeones de Liga. Tres veces conquistó el campeonato el Flamengo de Duca. Tres veces campeonó en el campeonato de la fantasía, en un tiempo en el que el talento brasileño no emigraba a Europa antes del mostacho adolescente. Aquí llegó maduro y con un bigotillo finísimo perfectamente cuidado sobre su labio superior. Aquella hormiguita de pelo oscuro se convirtió en una de sus señas de identidad.

Echo de menos los Torneos de Verano y odio las giras transoceánicas. Cuando el fútbol era un banquete semanal y no un atracón diario, el Carranza, el Naranja, el Gamper o el Colombino suponían un aperitivo sabroso a cuatro partidos antes de la comilona liguera. El Teresa Herrera siempre ayudaba a paladear futbolistas de aquí y de allí con los que comparar latitudes y talento de uno y otro continente.

En la edición de 1958 apareció un muchachito moreno, delgado y rudo, con fútbol en sus piernas y fuerza en sus codos. Dos buenos partidos en La Coruña convencieron a los rectores del Deportivo para incorporarle a su primera plantilla. Le retuvieron unos meses a los pies de la Torre de Hércules, con mucha palabrería, mucha promesa de grandeza pero ni un solo duro para pagar al Fla. Duca se entrenaba solo y desesperado e incluso jugó un amistoso como coruñés, hasta que se cansó.

Llega Duca al Real Zaragoza

El brasileño de bigotín, lejos de su casa, abrió sus oídos a unos cantos de sirena procedentes de un Zaragoza en crisis. Le necesitaban para salvar la categoría y pusieron un maletín encima de la mesa del Flamingo: 525.000 pesetas de la época. Se incorporaba a un club inestable, con jugadores de perfil bajo que coqueteaban con el descenso sin rubor y sin un plan marcado con el que estabilizarse en Primera División.

Duca llegó, vio y triunfó en una olla donde se cocía a fuego lento a Los Magníficos. Con su experiencia y sus galones lideró el medio campo, tanto en aquellos tiempos de zozobra como después, en los días de vino y rosas. Duca debutó feliz un 22 de marzo de 1959, en la manita que endosó el equipo a Las Palmas en La Romareda aportando su primer gol como blanquillo. Anotaría cinco en los seis partidos que quedaban de aquel campeonato y llenaría de esperanza a un Zaragoza que finalizó en la zona media.

Un año después llegó al banquillo César, el mítico delantero del F.C. Barcelona de las Cinco Copas y la canción de Serrat. El equipo renovó la plantilla casi al completo y fichó a jugadores de nivel y futuro, provenientes de equipos menores como Reija, Benítez o Miguel. Apostó por un modelo ganador y germinó la época más gloriosa de la historia.

A Duca le costó adaptarse a la ciudad, a los cambios climáticos, al frío, el calor y el viento, como todo brasileño que pisa el Valle del Ebro. Sólo su carácter abierto, un cambio de vivienda de la Calle Fernando El Católico a la calle Albareda y las amistades nacidas en el fútbol y fuera le ayudaron a adaptarse al desagradable clima de la urbe. Jugó mucho y marcó goles como enlace junto al recién fallecido Isasi o García Traid, en aquella locura de 4-2-4 ó 3-2-5 que dibujaba el entrenador de turno en una Romareda llena hasta la bandera.

Mojó en todas sus temporadas en el Real Zaragoza e incluso marcó el primer tanto de la historia del Real Zaragoza en competición europea, en el estadio del Glentoran de Irlanda del Norte, un 26 de septiembre de 1962. Una anécdota comparada con su mayor aportación al club aragonés: una llamada telefónica suya cambió la historia del club. De Duca a Canario, de compatriota a compatriota, decidió dar un telefonazo al suplente en el Real Madrid e infeliz en Sevilla una noche oscura, cuando casi tenía su cerrada su continuidad en Nervión. “Vente para Zaragoza. Vivirás bien y jugarás con los mejores”. Le convenció y aquí Canario haría historia junto a Carlos Lapetra, Seminario, Santos, Villa o Marcelino, bajo la protección en el medio de su compatriota.

Cuando Seminario fichó por la Fiorentina, Duca estuvo a un paso de acompañar al peruano. Los italianos colocaron un puñado de ceros más a su cuenta y estuvo loco por cambiar ternasco por espaguetis. Sí, loco. Pero el Zaragoza abortó la operación y se lo quedó para ganar una Copa de Ferias, en la que jugó todos los partidos, y una Copa del Rey junto aquellos muchachos irrepetibles.

Eso sí, a punto estuvo de volver a su país sin un duro bajo el brazo. Cada partido, dice, recibía patadas, codazos y entradas sin ningún rubor ni vergüenza. Hastiado descubrió que el secreto era tocar a la primera, tocar, tocar y tocar y eso, rodeado de los mejores resultaba más sencillo.

Lo contrario pasó poco después. Su peso en el equipo disminuyó en los últimos tiempos engullido por los Cinco Magníficos. Entonces, cuando la vida del futbolista la decidían los clubes, el Real Zaragoza decidió venderle. En 1965, de nuevo César se cruzó en su camino y le dio un año más de fútbol en Palma de Mallorca antes de volver a Brasil no sin añorar Zaragoza hasta nuestros días.

De aquí era un delantero listo, un pillo que marchó a Vigo y a punto estuvo de truncar la historia de la Quinta de París: Paco Salillas. Pero eso ya es otra historia.

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