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Aquella inolvidable noche invernal en La Romareda

6-3. Juego, set y partido

Escrito por Carlos Puértolas

Martes, 01 Marzo 2016 20:32
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“¡Clemente, cabrón Higuera selección!” Me quedo con eso. Así de simple (y perdone por el insulto, Don Javier). Se lo dijimos a la cara un domingo de febrero de 1994. El rubio de Barakaldo, por entonces seleccionador, cerró su viejo cuadernillo antediluviano en el palco de La Romareda incapaz de tomar notas de un vendaval de fútbol versión 3.0. Jamás contó, de verdad, en su combinado con Higuera ni con ni un solo creativo de aquella plantilla rebosante de talento; pero no le culpo. El show era una versión superior e incompatible a su método repleto de telarañas. Nos desoyó y se marchó a su tierra con un virus terrible en el libreto que sólo las vacas de Lezama fueron capaces de desactivar. #Mu.


Ocurrió en La Romareda una tarde de invierno. Seguramente comí una rica paella antes de conectar el viejo radiocasette porque aquella tarde, reconozco, no acudí a la Puerta 14. Como diría el Clásico aragonés que charla con Pedro Bellido: “Para qué vamos a ir, con la que nos va a caer y el frío que hace”. El caso es que tiré de ondas (con botón de off a mano si la cosa se ponía difícil) para recibir al imponente Barça de Cruyff, sin Stoichkov sancionado y en un momento delicado tras perder en el Camp Nou contra el Athletic.

La Romareda homenajeó a Juliá en la previa. El gran capitán hizo el saque de honor. Narciso o Narcís dependiendo de la latitud de la voz que le nombra dio el primer toque a un fútbol vertical y rápido. Trepidante. Excitante y vibrante. Desde el minuto uno al 90.

Aquí un alumno aventajado había cogido el molde del Flaco para sacar un modelo muy parecido. Víctor y sus muchachos pretendían demostrar en su rostro que aquel Real Zaragoza no era una burda copia sino la evolución de las ideas del holandés. Estudiado al milímetro el equipo deshojó el tulipán hasta que se le vieron las vergüenzas. Ahogó a Guardiola y las costuras de aquel Barça se descosieron.

Dimos seis zarpazos seis: Higuera asistió a Cáceres y el Negro se vistió de ariete para cortar a tijera el fino hilito que unía la tímida defensa culé; Belsué y Gay provocaron que un puñado de locos se rompiera casi la crisma en el fondo del foso; Esnáider le hizo un par de ojales más al cinturón de Koeman; de nuevo Esnáider, solo, resolvió ante una zaga resquebrajada; Higuera, casi desde su casa batió por arriba a Zubizarreta. Y finalmente Poyet (y un topo en la hierba) cerraron el set tras una colección infinita de regates del diez cacereño.

Fue el primer delirio de una generación que jamás habíamos visto, oído ni imaginado golear a un grande. Pero aquel equipo estaba preparado para algo más que dos puntos y un puñado de portadas.

La victoria me imantó el oído al altavoz del radiocassete. Subí el volumen para que los cláxones de los coches no ocultaran mi regodeo del triunfo en el resto de estadios. Un periodista capitalino de pelo resembrado preguntaba a futbolistas de Primera “Zaragoza 6- Barcelona 3, ¿qué dices?”. Y casi todos respondían con topicazos somnolientos que anestesian cualquier euforia.

Hasta que uno, no recuerdo quién, contestó lo que yo y muchos como yo necesitábamos :“Es que el Zaragoza es muy bueno”. Aquello era verdad y el equipo lo demostró unas cuantas veces más. Bailaba al ritmo de un malagueño y arriba mordía con un colmillo marplatense, el de Juan Eduardo Esnáider. El argentino llegó a España tras enfrentarse a Oliver Atton. Pero eso ya es otra historia.

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