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La opinión de Carlos Puértolas

El rebelde Esnáider

Escrito por Carlos Puértolas

Miércoles, 09 Marzo 2016 19:28
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Esnáider fue futbolista de dibujos animados. Un antagonista de los buenos, alto fuerte, con un disparo fantástico y una casta temible. Esnáider estuvo a punto de ganar el Mundial juvenil. Sólo un fabuloso tiro con efecto del gran Óliver Atton fue capaz decidir aquella final y tumbar su melena. Japón era la campeona ante la mirada asesina del pérfido Esnáider.

Yo lo vi y lo viví de seis a seis y media de la tarde, entre bocadillos de jamón y gritos de una madre más centrada en que aprendiese ecuaciones que en mi obsesión con Óliver, Benji y Julian Ross. Esnáider (Juan Eduardo), derivado del alemán Schneider, no tenía ni rastro de la frialdad germana. Ese gen rubio se quedó a orillas del Volga antes de que sus antepasados emigraran desde una colonia alemana en la gélida Rusia a la cálida Argentina.

Quise creer que por aquel subcampeonato (y por alguna cosa más) Del Bosque se fijó en sus huesos. El marqués importó la materia prima de Ferrocarril Oeste y nos cocinó en La Fábrica del Real Madrid a uno de los mejores delanteros de la historia del Real Zaragoza. Aquel muchacho de ojos verdes y hambruna genética llegó a La Romareda desde Madrid y a Madrid desde La Feliz Mar del Plata. El culo le quemaba en el banquillo y decidió buscar hierba en Zaragoza y no comodidad en los butacones de Concha Espina.

Tímido y guapo (en mi barrio las tenía a todas enamoradas) fichó por un equipo que necesitaba un cuchillo afilado arriba. Víctor Fernández lo tenía todo excepto un puñal. Zaragoza es tierra de nueves, nos decían los mayores en el recreo, los que un día habían visto jugar a Rubén Sosa en el Ebro. Yo lo repetí sólo después de haber conocido a Esnáider. Con el nueve a la espalda y un apetito voraz se hizo sitio a golpe de gol. El primero en La Romareda contra el legendario 'Queso mecánico' de Conejo y Santi Denia.

Titular desde el primer día en la Puerta 14 gritamos eso de "¡Juaaaaaaan Eeeeduaaaaaardo Esnáider, Náider!". Se lo ganaba a pulso en cada partido. No jugó la final del Calderón y el Real Zaragoza le echó de menos. A punto estuvimos de revivir la pesadilla del Luis Casanova de no ser por unos penaltis mágicos. Esnáider era insustituible en un equipo.

Lo demostró el 10 de mayo. Con un tobillo, según contó después del tamaño de un jarrón chino, dio el primer golpe al Arsenal. Una volea tremenda marca de una casa humilde y tenaz que actuaba a golpe de zurda y mordisco de cocodrilo. Lo celebró sólo porque los goleadores de verdad son egoístas. Todo para mí y sólo para mí; y yo les alabo. Generosos hay muchos pero para morder sólo uno.

Se marchó dejando un puñado de nuevos ceros en las arcas de Eduardo Ibarra y dio mil vueltas antes de volver un frío invierno. Aquel equipo indolente y helado le llamó para revertir el camino a Segunda División. Esnáider no lo pensó. Cambió el 9 por el 15 en un club necesitado de gol y puntos para salvarse de los infiernos. Marcó once en diecisiete partidos y sin su coraje jamás los de la puerta 14 hubiéramos viajado a nuestra primera final en La Cartuja, ni salvado la categoría que sí perdimos un año después con otro hijo pródigo descarriado. Aquel serbio de lengua larga habló más de la cuenta en un avión de vuelta de Las Palmas y perdió mi respeto.

Dicen que hay tres nombres sagrados en el país de la pampa y el asado: Juan Manuel Fangio, Maradona y Gardel. Jamás le gustó que el recién fallecido Gaspar Rosety le apodase como la leyenda tanguera. Aquello era demasiado; y eso que se lo había ganado a pulso. En esta ciudad de memoria frágil, famosa por adorar y olvidar antes de tiempo le silbamos por, según pareció, borrarse de un partido definitivo ante el Celta. Ahora él lo niega y yo le creo. Esnáider no dejaba a nadie indiferente, ni siquiera a Óliver Atton, quien reconoció que sin Mark Lenders jamás le hubiera tumbado en aquella final. Más frío que Esnáider era Radimov. Al rubio de San Petersburgo lo sacaron del congelador ruso antes de tiempo. Pero eso ya es otra historia.

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