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Molinos y su dilatada trayectoria

¿Quién es Nando?

Escrito por Carlos Puértolas

Domingo, 07 Enero 2018 22:45
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Fernando Molinos.

Tener un contacto en Primera División, por muy rocambolesco que fuera, siempre aportó categoría y nivel entre la chavalería de la Puerta 14. El afortunado se convertía en el amo del corral, al menos un tiempo, frente al puñado de pollitos envidiosos, babosos y faltones. Yo siempre fui de los envidiosos y un buen amigo de los afortunados. “Si quiero puedo entrar en Montjuic sin pagar entrada porque mi madre conoce a Nando”. ¿Quién coño era Nando? Ni idea. Pero había jugado en Primera, en el Zaragoza y en el Espanyol. Y punto. Repitió la chanza como un loro durante semanas hasta que le exigimos la pertinente explicación. Al parecer y según cuenta la leyenda, su progenitora fue conocida de un tipo calvo, rudo y tranquilo que triunfó aquí y en las tierras del este. Un señor que subió la cuesta de Fraga para hacerse leyenda y jamás debió volver a bajarla: Fernando Molinos.

Soriano de nacimiento, emigró a Zaragoza con apenas unos meses de vida. Mamó fútbol desde la cuna. Con su padre cronista deportivo, su hermano mayor entrenador y otro de sus hermanos futbolista del legendario Endesa de Andorra, no le quedaron más bemoles que darle patadas al balón. Cuenta que no hubo comida en la que al menos, no se rozase el balón, aunque fuese con la puntera.

Sus primeros regates los dio en el Colegio de Escolapios, junto a un tipo que merece una Puerta 14 y mucho más, Carlos Rojo. Juntos se proclamaron campeones de Aragón infantil. Rojo y Molinos eran, sin duda, los mejores. El Real Zaragoza les echó un anzuelo al que, tanto uno como otro, colocaron condiciones antes de morderlo: el club blanquillo debía fichar a todo el Estudiantes completo. Enamorados de la dupla, los ojeadores aceptaron y ahí nació el infantil B de la Ciudad Deportiva.

Molinos subió de categoría como un cohete. De infantil a juvenil y de ahí al filial. No lo pasó bien en el Deportivo Aragón. Los Magníficos vetaron su presencia en los partidillos de los jueves sin más explicación que su dureza (y alguna enganchada más con vacas sagradas). Fina y frágil porcelana pasada de moda frente a un tipo que hacía su trabajo con una virilidad impropia para un pavito de su edad. Cuenta al Periódico de Aragón que el largo Pedro Lasheras debía agarrar su mala leche cuando Lapetra y compañía rechazaban su fortaleza y le enviaban al cemento y no al verde. La realidad es que Molinos jugaba duro pero jamás le expulsaron de ningún estadio de Primera.

La oportunidad le llegó el 18 de octubre de 1970. Tras realizar la pretemporada con el primer equipo debutó ante el Celta de Vigo en La Romareda. Aquella temporada jugó poco pero aprendió mucho. Se crió a los pechos de Don José Luis Violeta que le ahijó en el centro de la zaga. “Métete conmigo y no con el crío”, le dijo a Luis Aragonés cuando el colchonero se encaró con Molinos. El de Torrero se sentía cómodo con Nando a su lado. Y Violeta lo era todo en aquel Real Zaragoza que descendió pero volvió a ascender con un equipo romo y mediocre en el que se cocían las patatas zaraguayas.

Jugó y mucho. Tanto en la temporada del ascenso como en la siguiente en Primera convirtiéndose en un cromo fijo.

En 1973 las milicias universitarias se cruzaron en el camino de Molinos quien empezó la temporada más tarde que el resto. El Campo de San Gregorio frenó su progresión en el Campo de la Romareda, y aquella liga apenas disfrutó de oportunidades. Cuenta que su vida le pedía una nueva aventura. Alejarse de las crónicas generosas, de la etiqueta de niño de papá que algún malnacido le chilló desde la grada y ser, por fin, sólo Nando Molinos. Tras una dura pugna con Zalba y desechar ofertas de Valencia y Sevilla partió por la N-II hasta Sarriá.

Cría fama y échate a dormir dicen muchos. Molinos lo dice y lo sabe. Al llegar al Espanyol de su vida, cuentan que el perico Solsona respiró tranquilo al saber que podría terminar el partido que se enfrentase al Zaragoza. A Solsona no le lesionó nunca. A Cruyff tampoco.

La amistad entre futbolistas rivales camina muy por encima de la inquina que los aficionados labran a diario entre cafés, charletas nocivas y, hoy, redes sociales. El perico Fernando presume de amistad con culés de la talla de Asensi o del difunto Johan. Cuenta que el flaco le encaraba y le provocaba continuamente con gestos y palabras malsonantes en un tiempo sin cámaras cotillas. Nunca perdió los nervios. Nunca. Y muchas veces le ganó la partida. Tanto que el mismo Asensi irritaba al tulipán con un “que viene Molinos” en el vestuario del Camp Nou. El propio Molinos recuerda que, ya de adultos, Johan bromeaba con él arrinconándose en cualquier esquina antes de saludarle con un afectuoso abrazo.

La selección llamó a su puerta y, de nuevo, las milicias lo impidieron.

En el Espanyol lo ha sido casi todo. Futbolista imprescindible, Director General, vicepresidente, consejero y principal promotor de la venta de Sarriá, el exilio en Montjuic y la nueva casa de Cornellá-El Prat. La Puerta 4 del hogar perico lleva su nombre.

Su nombre por marcajes como el que le hizo a un tal Maradona. Molinos era jugador de fútbol y un despistado al que el mercadeo le importaba más bien poco. No conocía quién era el Pelusa, a pesar de haberse enfrentado a él en una gira perica por Sudamérica. Una entrada dura en los primeros minutos de un derbi labró una amistad que acabó sobre las tablas del Teatro Paco Martínez Soria con el Pelusa disfrazado. Sí. Disfrazado

Culto como pocos, Fernando organizó una obra solidaria en la Avenida Paralell de la capital catalana junto a su padre. Las plantillas de Espanyol y algunos futbolistas del Barça interpretaron “La venganza de Don Mendo” para recoger fondos para el Hospital San Juan de Dios, regentado por un pediatra aragonés. Maradona interpretó un papel de moro, él dirigió la función y el público se partió de risa desde la primera escena. Todo un éxito.

En 2012 volvió de la mano del pérfido Agapito. Jamás debió cruzar los Monegros para ocupar un puesto de cartón en un club manejado por un truhán. Ridícula fue aquella aparición del “he venido a saludaros” y demás pantomimas forzadas por el cargo y los encargos del soriano. No oscurece una trayectoria excepcional.

Trayectoria increíble y actualidad sombría tiene un pichón, Juan Castaño Quirós, Juanele. Pero eso ya es otra historia.

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