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Ganar a los grandes era moneda corriente en La Romareda

Cuando ganamos a los mejores

Escrito por Carlos Puértolas

Martes, 05 Abril 2016 17:11
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“¡Busquets! ¡Busquets! ¡Busquets!” Lo cantamos a las 17:23 de un domingo prepilarista de octubre. La Puerta 14 coreó el nombre de un enemigo durante quince o veinte segundos, no más. A pleno pulmón. El portero de pantalón largo, pie de mediocentro y motero en la sombra había encajado un balón pateado desde la banda por un rubio santanderino. Ángel de Juana “Geli”, recién llegado a Zaragoza desde la tierra de la anchoa y el cocido montañés, se ajustó un guante de piel en su pie izquierdo para golpear un centro milimétrico; la Romareda sopló (mucho) y el balón desvió su trayectoria para tocar en el poste y detenerse en el fondo de la red de todo un Barça. El padre del mejor mediocentro del mundo aguantó la voz socarrona de la Puerta 14 mientras miraba, perdido, hacia la novena planta del Hospital Miguel Servet.

Al recordarlo reconozco que ese balón no lo hubiera detenido ni con una escalera de bombero. Era imparable. Carles Busquets fue una adelantado a su tiempo; castigado por el fútbol en blanco y negro, nació en el lugar perfecto pero, quizá, en el momento equivocado.
Resultó el único gol blanquillo de Geli. Este cántabro de ojos azules y raya a babor estuvo a un pelo de vestir de azulgrana el mismo verano que firmó en Eduardo Ibarra. Un año después emigraría hasta las rías del marisco y la sidra. No cuajó en Zaragoza aunque para la videoteca queda ese centro soplado por más de 30.000 pulmones y la victoria por dos goles a uno gracias a su lanzamiento.

Hubo un tiempo en el que derrotar a un grande en La Romareda fue moneda corriente de la Primera División. Me siento afortunado de ver cómo se le cambiaba el gesto al enemigo cuando llegaba a Zaragoza. Yo lo vi y lo viví. Ahora los pollitos de mostacho incipiente ni siquiera sueñan con ver hincar la rodilla en el pasto a campeones de todo. Entonces sí era obligatorio dar la cara contra quien fuese. “¡Que somos el Zaragoza, coño!” El Barça nunca lo tuvo fácil, ni el Real Madrid, ni ningún equipo con etiqueta pret a portér.

Aquella tarde los restos del Dream Team visitaron Zaragoza. Vale que era una versión putrefacta de la imponente noche de Wembley, pero el Barça siempre es el Barça y aquí bajó el mentón ante un equipo capaz; un grupo de futbolistas identificados con el color blanco, el pantalón azul y ADN zaragocista.
No hace mucho parte del vestuario tomaba un refresco a media tarde en una terraza del centro de Zaragoza. Tranquilos y discretos pasaron un buen rato entre risas y chismorreos mientras cientos de personas de todas las edades caminaban por la acera sin percatarse de sus rostros. Eso jamás hubiera sido posible con el Real Zaragoza de Geli, ni con el del Kily, ni mucho menos con Diego Milito y Aimar. El club ha perdido peso específico y hoy camina famélico de popularidad por el subsuelo de las guías ligueras y los álbumes de cromos.

Los muchachos que hoy deberían poblar la Puerta 14 no conocen las caras de los futbolistas de su ciudad. Ni se giran. Así de duro. Este Real Zaragoza es una sílfide del modelo fortachón, casi metrosexual, que se atrevió a lucir músculo ante el Barça de Cruyff.
Carles Busquets fue un adelantado a su tiempo y Andoni Cedrún todo lo contrario. Un tipo popular, alto, desgarbado y descoordinado que tuvo la suerte de estar en el sitio adecuado y en el momento justo para ganar finales. Pero eso ya es otra historia.

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El Desmarque