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La noche que Cani mató a Muñoz y Longhi

Escrito por Pedro Bellido

Viernes, 02 Diciembre 2016 16:02
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Imagen del aragonés durante un entrenamiento (Foto: Dani Marzo)
Imagen del aragonés durante un entrenamiento (Foto: Dani Marzo)

Cádiz, 4 de diciembre del 2005. Aeropuerto de Jerez. Víctor Muñoz y Raúl Longhi se sientan juntos en la sala de espera. El vuelo privado les depositaría en Zaragoza como entrenadores del equipo. Circunstancia que durante 67 minutos estaba más que en el aire. 

El Cádiz, arropado por el simpático bullerengue de su afición, había hecho jugar a Enrique, Iván Ania, Oli y Pavoni como los ángeles. Por eso ganaba 1-0. Y Víctor, que había puesto a Generelo y Ponzio juntos en el medio (un pañalazo en toda regla), tiró en el descanso de Movilla y Zapater. Una larga cambiada de torero buscando la gloria… con media cornada en el muslo. Cuando la cosa pintaba rematadamente mal, Cani y Ewerthon se sacaron dos zurriagazos que le dieron la vuelta al partido y al futuro inmediato de Víctor Muñoz. 

Eso, el técnico y su inseparable Longhi lo sabían. Y lo sufrían. Sentados en esa sala de espera, su felicidad y cara de desahogo era absoluta. Tanta, que cuando Cani se acercó hasta ellos buscando una de las pocas butaquitas que quedaban libres, nadie podía imaginar que estaba a punto de regalarnos una de las mejores conversaciones de la historia. 

“Qué golazo”, le dijo Longhi a Rubén, mientras Víctor, mucho más para dentro que nadie, sonreía con cierta distancia. “Sí, sí”, respondió Cani. Y disparó. “Y menos mal que lo he metido porque el club ya tenía a dos entrenadores preparados para echaros. Llevan dos semanas viendo juntos los entrenamientos”. 

La cara de Muñoz y Longhi era un poema. Hubo segundos de verdadera tensión. Confusión. Varios jugadores y periodistas, que asistían despistados a la conversación, centraron entonces toda su atención. ¿Pero qué decía ese desgraciado? Y, sobre todo, ¿cómo se atrevía a decirles eso a los entrenadores? Era tal el desconcierto que fue el propio Muñoz quién, muy serio y con una voz que estrujaba el cuello, le preguntó a Cani: “¿Y quiénes son esos dos?”. 

La respuesta y la carcajada general de después terminó por disipar toda la tensión de un partido que Cani desatascó en el campo y en el aeropuerto. Ese maldito crío, que hoy ya es un hombre con las mismas ganas de guasa, provocó entonces la misma bocanada de aire fresco que hoy desparrama por el campo. ¿Quiénes eran esos dos? 

Esos dos eran dos habituales en los entrenamientos de ese año. Dos figuras inseparables y cuya presencia generó siempre muchas chuflas entre la plantilla. Dos cámaras de vigilancia que por unos instantes pasaron por ser los verdugos de Víctor y Longhi y los dos nuevos y más raros entrenadores de la historia del Real Zaragoza: el padre de Sergio García y el tío de Zapater. 

Con ellos, esa noche en Xerez, Cani mató a Muñoz y Longhi. 

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El Desmarque