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Los aficionados no dejan que su corazón deje de latir

Pelear la camiseta

Escrito por Pedro Bellido

Domingo, 22 Enero 2017 10:32
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Los jugadores, con la afición en Murcia (Foto: Dani Marzo).

Al término del partido en Murcia, todavía con el dolor de la derrota instalado en el corazón, vimos una imagen que en el fragor de la batalla nos pareció surrealista y nos dio hasta un poco de vergüenza ajena: varios aficionados zaragocistas se peleaban por una camiseta que había lanzado a la grada Cani.

Con un poco más de frío en el pecho, casi una glaciación con la que está cayendo, no sólo desprecio ese análisis, sino que me solidarizo y entiendo a esos hermanos zaragocistas. El día que alguien trate de explicar la locura, la pasión y la irracionalidad con la que se quiere a un ser que se nos muere entre los dedos será el primer día en ir pensando en cerrar el chiringuito.

Además de que en ese momento hubiera hecho lo mismo, porque en caliente el huevo siempre le puede al cerebro, en frío pienso que esos aficionados no se estaban peleando por una camiseta del Zaragoza, sino por lo que esa camiseta para nosotros representa. Esa camiseta, que en cinco minutos nos pudo parecer llena de pena y de vergüenza, representa la historia y la verdadera pasión por la que cada vez que nace un miembro de nuestras familias deseamos con todas nuestras fuerzas que sea hincha del Real Zaragoza.

Con un equipo tan mediocre, unos dirigentes que no saben ni por dónde les da el aire y un presente y un futuro tan negro, esos zaragocistas nos enseñaron a todos el único motivo por el que vale la pena seguir respirando en azul y blanco. La única verdad que existe para explicar un amor irracional e infinito de un pueblo que, a pesar de saberse en uno de los peores momentos de su historia, no va a permitir que su corazón deje de latir.

Lo malo de esta historia es que tiene un lado negro: si los soldados de a pie son los que pelean la camiseta en vez de los verdaderos protagonistas, el principio del fin está cada día más cerca. Que la Virgen del Pilar nos coja confesados.

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