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Todo apunta a que Milla se juega el puesto el domingo

Despidos y despedidas

Escrito por Jorge Oto

Lunes, 10 Octubre 2016 18:30
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Milla, con Juliá | Dani Marzo

Hace poco más de un mes, Luis Milla parecía, al fin, el elegido. Se ensalzaba su templanza y capacidad de liderazgo para conducir un vestuario que agradecía su carácter dialogante y su empatía con el futbolista. Milla gustaba en el club porque gozaba del beneplácito de la plantilla. Además, no levantaba la voz, se mostraba satisfecho con las herramientas que la dirección deportiva le había otorgado y, lo más importante, el equipo respondía en el campo.

Hoy, apenas cinco partidos después, todo ha cambiado. A peor, claro. Milla no solo está en entredicho, sino que todo apunta a que se jugará el puesto el domingo. El Zaragoza ha caído en barrena, los puestos de descenso ya están más cerca que los de ascenso y el equipo no solo ha perdido aquel orden táctico, sino que por el camino se han quedado su autoestima y aquella personalidad que hicieron soñar con que, esta vez sí, el camino era el adecuado.

Milla se ha equivocado. En algunos casos, gravemente. Como el mensaje lanzado el pasado sábado al despreciar a Popa y Bagnack, dos fichajes de Juliá, para elegir como central a un lateral que acumulaba meses sin jugar un partido oficial. El técnico asestó un golpe certero al mentón de su director deportivo, al que, por cierto, el 1 de septiembre trasladó su satisfacción con la plantilla que le había confeccionado.

Se equivoca Milla en pregonar a los cuatro vientos su propia inseguridad. Lo hace abusando del cambio de lateral o manteniendo en el once a jugadores cuyo estado no lo merece y, por el contrario, negarle la titularidad a otros a los que ni siquiera se les da la opción de fracasar. Ni el propio vestuario entiende que no se haya concedido una oportunidad a Pombo o Edu García. Pero Milla ya ha dejado claro que su confianza en ellos –y en otros—es escasa. De hecho, ha llegado a preferir no agotar cambios a pesar de tener al equipo agotado admitiendo no estar seguro de lo que debía hacer. Mal asunto no encontrar soluciones cuando se echa una mirada al banquillo.

Precisamente, eso es lo que sucede ahora. El banquillo y su inquilino no ofrecen confianza ni garantías. Milla ya no es aquel entrenador que transmitía seguridad y la sintonía con él se ha perdido casi por completo. La erosión también alcanza a la plantilla, que duda de todo, también de ella misma. Al cabo, lo mismo de siempre a estas alturas.

Con todo, considero que prescindir de Milla sería un error. Despedir al entrenador al que se encomendó un proyecto cuando apenas se habrán jugado diez partidos es, cuando menos, peligroso aun asumiendo la extrema dificultad de restaurar la pérdida de confianza en un técnico que parece ya herido de muerte.
Servidor es firme defensor de las sentadas y las conjuras. De tirarse los trastos a la cara, decirse perro moro y, si es preciso, coger de la pechera. Todo dentro de un vestuario del que no se saldría hasta tenerlo todo claro. Basta de mensajes filtrados, de acusaciones a la espalda y de culpar siempre al de al lado. Todo eso, repetido año tras año, ha llevado al Real Zaragoza a la actual situación, en medio de ninguna parte y con su gente sumida en la desesperación.

Los resultados dictarán sentencia, pero convendría agotar todos los recursos antes de acometer un relevo en el banquillo, una opción que, visto está, tampoco asegura la transformación de la situación. Parece haber prisa por desprenderse de Milla, como la hubo por quitarse de encima a Víctor Muñoz. A Popovic, por el contrario, se le aguantó lo indecible y su despido, eso sí, se produjo a la vez que el del director deportivo --Martín González-- para compartir culpabilidades. Despidos y despedidas.

Cierto es que una derrota el domingo provocará, a buen seguro, el enésimo incendio en La Romareda. Pero es que el zaragocismo no puede más. Y que nadie olvide que, una vez agotado el cambio de entrenador, la siguiente mirada siempre va al palco.

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El Desmarque