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Pérdida de los valores blanquillos

Las vergüenzas del Real Zaragoza

Escrito por Jorge Oto

Lunes, 17 Octubre 2016 12:31
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Imagen del partido ante el Elche (Foto: Dani Marzo).

El Zaragoza ha enseñado todas sus vergüenzas. Con el balón y sin él. Abajo en el campo y arriba en los despachos. Lo hace con luz y taquígrafos. A voz en grito, como José Enrique y Lanzarote. El club aragonés pregona a los cuatro vientos no solo sus numerosas carencias futbolísticas, sino la pérdida de valores que le llevaron, no hace tanto, a ser un club respetable y respetado.

El Real Zaragoza de hoy en día es una entidad con un presupuesto medio de Segunda División, un equipo a tiro de piedra del descenso a Segunda B, una deuda millonaria y, lo que es peor, una continua confrontación de egos tanto en el terreno de juego como en los despachos. Soñar con volver este año a Primera con todos estos condicionantes suena tan quimérico como inconsciente.

Lo peor no fue el bochorno futbolístico ante el Elche. Tampoco el hiriente 0-3 al descanso. Ni siquiera la incapacidad manifiesta para al menos intentar la remontada. Lo peor no fue no descifrar, una vez más, a qué jugó el Zaragoza. Ni comprobar cómo el equipo ni puede ni sabe. Si presionar y, en ese caso, dónde hacerlo. Si replegar o achicar. Si tocar o golpear. Si por banda o por el medio. Lo peor fue confirmar la desunión existente en el campo y fuera de él. Ni hay sintonía entre los futbolistas, ni entendimiento con el entrenador –desconectado del mundo—ni desde luego en la planta noble.

La discusión entre Lanzarote y José Enrique no es irrelevante, sino que muestra el hastío de gran parte de los jugadores con la actitud del catalán, reñido con el mundo, insolidario y ególatra en el terreno de juego. En cualquier otro caso, Lanza llevaría un par de partidos en el banquillo o en la grada, pero, en un equipo con tan poca calidad, prescindir de él parece un ejercicio de temeraria osadía. Pero no le quedará otra a Milla si no es capaz, en la que puede ser su última semana como técnico, de reconducir al barcelonés, que debe, primero, participar en una terapia de grupo con el resto de sus compañeros.

La actitud de Lanzarote, en todo caso, escuece por la importancia del jugador, pero no debería esconder la de otros más apartados del foco por su menor envergadura futbolística. En su caso, la cuestión es de aptitud. Irureta, Morán o Xumetra han dado demasiadas razones como para arrebatarles de una vez el derecho de pernada. En tiempos de crisis, se imponen cambios y acabar con la titularidad por decreto de estos se antoja tan justo como necesario.

Claro que, para eso, Milla deberá ser valiente, una virtud que el turolense no ha mostrado hasta ahora. Al contrario, su empecinamiento en un sistema inservible y en determinados futbolistas sobrevalorados, con una evidente nefasta gestión de recursos han sumido al Zaragoza en una crisis descomunal en pleno mes de octubre. Si Milla no es capaz de una vez de asumir que su equipo no puede jugar con interiores, que hay jugadores incapaces de dar la cara cuando vienen mal dadas y que su propia inseguridad contagia a una plantilla demasiado pusilánime, nadie podrá salvarle. NI siquiera Cani y Zapater, los verdaderos artífices de que el entrenador siga hasta Pucela con sus declaraciones en defensa de la continuidad y contrarias al relevo. La voz de los canteranos es algo así como palabra de dios para Julià y Cuartero, que convencieron al consejo de administración de la conveniencia de darle otra vida a Milla.

Las críticas vertidas desde el vestuario a la querencia de la parte noble de la entidad de despedir al entrenador evidencian, de hecho, que el Real Zaragoza actual carece de unidad y que continúa el recital de egocentrismo en todas las parcelas del club. Falta la autocrítica exigida cuando la gestión deportiva acumula fracasos desde la caída a Segunda División. Todo se basa en el despido de técnicos y directores deportivos, despreciando la continuidad necesaria para sacar adelante cualquier proyecto. Mientras el Zaragoza se hunde, Larraz y Garitano, que salieron de La Romareda con una patada en el trasero y sin razones deportivas para ello, triunfan en el Ebro. Y al zaragocismo se le cae la cara de vergüenza. Otra vez.

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