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Entre líneas, el blog de Jorge Oto

Por fin mala leche

Escrito por Jorge Oto

Jueves, 03 Noviembre 2016 11:59
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Raúl Agné (Foto: Dani Marzo)

Concluyamos que si el Real Zaragoza acaba pareciéndose a su nuevo técnico, ya tendrá mucho ganado. En realidad, un equipo de fútbol se asemeja en gran medida al carácter y forma de ser de su entrenador. De hecho, el conjunto aragonés era, con Milla, un grupo de jugadores blando, sin carácter ni personalidad. Se diría que incluso pusilánime. Demasiada fragilidad y nulo espíritu, lo que le hacía caer a la lona al recibir el primer golpe. Milla no tuvo toda la culpa, pero sí fue responsable de no saber revertir la situación. De no saber digerir su puesto. De tener un miedo atroz al fracaso. Eso, y su escasa confianza en su plantel, a pesar de lo que transmitía en público, le llevaron al paro.

La cuestión que el zaragocismo en pleno se pregunta es por qué si el Zaragoza y la categoría exigen  hace tiempo un entrenador con carácter, fuerza y capacidad de liderazgo para transmitirla a un equipo carente de todo ello, no se apostó antes por el perfil que, por ejemplo, ofrece Agné. Ni a Carreras ni a Milla se les puede negar voluntad, buenas intenciones y conocimientos futbolísticos, pero no responden a ese patrón que Juliá apuntó como el pretendido cuando Carreras cogió la maleta. Llegó Milla, pausado y dialogante sí, pero con limitada experiencia en la categoría y sin esa dosis de genio y mala leche que se pregonó a los cuatro vientos como requisito indispensable.

La llegada de Agné, pues, supone un intento por recuperar el terreno perdido. Esa apuesta por el genio, la personalidad y la mirada a los ojos. Uno asume ahora que en el vestuario zaragocista hace tiempo que nadie coge por la pechera al otro y apenas había una palabra más alta que otra. Y convendría recordar que una bronca a tiempo puede ser tremendamente efectiva. Agné tiene esa capacidad para sacar lo mejor del futbolista a base de motivación. Y esta puede transmitirse de muchas maneras. Y si alguno de sus futbolistas no es capaz de asumir o soportar un trato recio, áspero o rígido, quizá se ha equivocado de vestuario y de escudo.

Porque toca pringar, arrimar el hombro y sudar sangre si hace falta. Así lo va a exigir un técnico curtido en mil batallas y que no escatimará esfuerzos en sacar lo mejor de sus pupilos, algo que su predecesor nunca hizo, quizá porque no creía en ellos. 

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El Desmarque