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Entre líneas, el blog de Jorge Oto

Paciencia con matices

Escrito por Jorge Oto

Miércoles, 23 Agosto 2017 15:13
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Eguaras en el partido ante el Eibar (Foto: Daniel Marzo).

La bisoñez de un Zaragoza prácticamente nuevo obliga a echar mano, por enésima vez, de la paciencia. Nada nuevo bajo el sol respecto a los últimos años. Es lo que tiene cambiar la plantilla y el entrenador cada año, lo que obliga a periodos de adaptación, asimilación de ideas y de conceptos que llegan a prolongarse durante meses después de haber comenzado el campeonato.

En esta ocasión, la apuesta es por una escuadra con hambre. También en el banquillo, donde Natxo González se encuentra ante la gran oportunidad de su vida. Se la ganó la temporada pasada en Reus, pero La Romareda se erige en un escenario totalmente distinto en cuanto a exigencia. El zaragocismo, cansado de proyectos que nacen muertos, recela de todo y de todos y nadie se escapa de un escepticismo alimentado por demasiados fracasos.

Se asume, pues, que el Zaragoza volverá a tardar en arrancar. A expensas, todavía, de dos piezas que deben ser básicas en el engranaje del equipo, La Romareda afronta el primer partido en casa del ejercicio, eso sí, con pocas sonrisas y el ceño fruncido. La mala pretemporada en cuanto a resultados y sensaciones y la primera derrota del curso en Tenerife no han hecho sino prorrogar el estado semidepresivo de una afición cansada de estar cansada. Harta de estar harta. Aguantará, pero no mucho.

Preocupa más el Zaragoza que se vio ante el Eibar en el trofeo Lapetra que el del pasado viernes en el Heliodoro. Por fisonomía del equipo, principalmente. El Zaragoza que mostró entonces Natxo González fue presa de un rival superior que le sacudió como a un pelele. Bien es cierto que aquello solo fue una prueba más de verano, pero la declaración de intenciones de González fue preocupante. Porque el técnico pretende diseñar un equipo basado en la basculación y recurrir a la presión solo en muy pocos momentos puntuales, como cuando el meta rival tiene el balón. Con un ataque en rombo con dos jugadores arriba y una defensa en 4-4-2 con los dos delanteros sin parar de correr y bascular, el dibujo obliga a un continuo y profundo desgaste físico de interiores y avanzados. Natxo pretende que los delanteros tapen líneas de pase de los medios rivales y eso les obliga a reventarse. Y si el rival tiene calidad, acaba metiendo atrás a un Zaragoza que pierde enseguida el balón cuando lo recupera.

Por eso, la cuestión es cuánto aguantaría La Romareda una disposición así y si el zaragocismo estaría dispuesto a soportar estar a merced del rival. Si el técnico continúa primando sobre todo no perder el sitio para que el equipo no se parta, en casa habrá problemas.

Se entiende que el plan se base en adquirir ahora la solidez y fiabilidad necesarias como para ir creciendo después en otros ámbitos. Pero en La Romareda no sirve solo bascular como hizo el equipo durante la mayor parte del duelo ante el Tenerife y en toda la contienda frente al Eibar. Y más si los resultados tardan en llegar. En casa, al menos, el Zaragoza tendrá que cambiar. Paciencia, sí, pero con matices.

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El Desmarque