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Solo el fútbol es capaz de agitar así el alma

Quiero llorar

Escrito por Jorge Oto

Martes, 19 Abril 2016 18:12
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4 de mayo del 2008. Aquel Zaragoza de ensueño plagado de estrellas firmadas a golpe de talonario se debate entre la vida y la muerte. A cuatro jornadas de la conclusión del campeonato y con el equipo en descenso, el Deportivo, enorme en la segunda vuelta, visita La Romareda dispuesto a dar la puntilla a los aragoneses. El Recreativo, que entonces marcaba la zona de salvación, había caído derrotado, lo que otorgaba al Zaragoza la oportunidad de abandonar las posiciones de condena si lograba derrotar a los gallegos. La Romareda, consciente de la importancia del envite, se puso el traje de gala, afinó la voz y se dejó el alma animando sin parar a los suyos, entonces dirigidos por el gran Manolo Villanova.

El Zaragoza acumulaba oportunidades. De la mano de un sublime Sergio García, los aragoneses llegaban en oleadas al área de Aouate, pero la falta de puntería amenazaba con hacer inútil el buen fútbol de los blanquillos y el derroche de espíritu de la grada.

Recuerdo bien aquel momento. Por entonces, trabajaba en el maravilloso Diario EQUIPO y debía abandonar el campo antes del final del choque para evitar atascos y llegar pronto a la redacción para acabar de escribir la crónica. En el coche, la angustia y la agonía hacían insufrible el corto trayecto. El Zaragoza no lograba marcar y todo parecía perdido.

Pero, en el descuento, Ayala aprovechó un servicio de Sergio García, tras error de Aouate, para obrar el milagro. Grité como nunca, aporreé el volante y lloré como un niño. Era feliz. Aquel tanto parecía destinado a salvar al Zaragoza de una debacle histórica. En la redacción vi lágrimas y me aseguraron que en La Romareda las hubo a mares.

Creo que fue la última vez que lloré. No lo hice cuando, finalmente, todo se torció y se consumó el descenso. Se veía venir. Como en la 2012-13, tras el empeño en no destituir a Manolo Jiménez pese a haber dejado patente su incapacidad para revertir la dramática situación. Ni siquiera he vuelto a sentir aquella sensación de desahogo, de liberación, de fe. Aquel gol de Ayala casi me mata y me dio la vida. Solo el fútbol puede agitar así el alma. Y quiero volver a pasar por eso. De una vez por todas. Quiero gritar, pregonar a los cuatro vientos que el Zaragoza ha vuelto. Y llorar...

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El Desmarque