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Un luchador infatigable que se quiso alejar del fútbol

César Láinez, un héroe zaragocista de carne y hueso

Escrito por Óscar Marco

Lunes, 20 Marzo 2017 21:36
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Láinez, en el vestuario de Montjuic, años después de ganar la Copa.

Tengo un amigo que cada vez que lee estos `Libre y directo´ me dice que no hable de mí, de mis historietas, porque eso no le interesa a nadie. Tiene toda la razón, pero hoy, Sergio, no soy capaz de hacerlo de otra forma. Porque hoy toca hablar de César Láinez, del portero del Silos que todos los chicos de nuestra quinta supimos al jugar contra él que llegaría al Real Zaragoza para defender como nadie la Puerta del Carmen. No nos equivocamos, César jugó en Primera y ganó dos Copas del Rey y una Supercopa, antes de que una maldita lesión de rodilla le obligase a colgar los guantes con 28 años.

Aunque esperada, su retirada resultó traumática, para él y para el zaragocismo, que tuvo en Láinez a un héroe de carne y hueso, un superhombre que cada domingo obraba un milagro para hacerse portero, después de pasar la semana sin poder andar como consecuencia de su última proeza. La Romareda lloró el día de su despedida, a todos se nos encogió el corazón, conscientes de que sus paradas inverosímiles –quién no recuerda su palomita a Zidane en la final de Montjuic-, pasaban a ser simples fotografías para el recuerdo.

El día después no fue fácil para César. Acostumbrado toda su vida a levantarse para ir a entrenar, y en más ocasiones de las deseadas a un gimnasio para recuperarse, el hoy flamante entrenador del Real Zaragoza inició una nueva vida para la que nadie está preparado. El primer impulso le llevó alejarse del fútbol, pero pronto supo que su vida iba a estar para siempre ligada a un balón. Desarrolló su instinto de entrenador en el Stadium, enseñando a los más pequeños los valores que él recibió de tan buenos maestros en la Ciudad Deportiva. Después llegaron sus experiencias como técnico de porteros en el Huesca y en La Muela, su crecimiento en el Santo Domingo Juventud y su posterior llegada al filial como segundo de un Emilio Larraz que poco después fue destituido. César decidió marcharse con él, pero el club y, sobre todo, el vestuario del Deportivo Aragón le convencieron de que debía continuar. Los focos volvían a enfocarle, así que la historia ya es conocida por todos, hasta que ayer le ganó al Tarazona, cantó de forma virtual el alirón, y se metió a la cama siendo entrenador del primer equipo.

Por el camino queda también su vinculación a Aragón TV como comentarista. En nuestra televisión autonómica es donde conocí al César persona, un tipo directo y claro, con carácter y personalidad, siempre todo corazón, y por momentos rudo y cabezota. Vamos, un aragonés con pedigrí. También descubrí al Láinez entrenador que comenzaba a verse en un banquillo en un futuro no muy lejano. O mejor, se imaginaba en la Ciudad Deportiva formando personas que sueñan con ser futbolistas.

De todos estos años como compañeros podríamos escribir un libro de anécdotas, pero hoy solo recordaré una. En 2014 recorrí con César todos los escenarios de la final de Copa ganada al Real Madrid de los galácticos. Estuvimos en los hoteles de Peralada y Barcelona, pero el momento culmen fue al entrar en el Estadio Olímpico de Montjuic con la Copa en sus manos. César pisó el césped, su mirada se perdió en el horizonte y dejó escapar un par de lágrimas. Apenas fueron unos segundos de nostalgia, los suficientes para decirme: “Óscar, lo peor de haber tenido que dejar el fútbol tan pronto es que mis hijos no me han visto jugar”. Quizás no sea lo mismo, porque para disfrutar de tus paradas y de los títulos han tenido que recurrir a la televisión, pero desde hoy Ethan, Luca y Erika te verán cada domingo entrenando a tu Real Zaragoza.

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El Desmarque