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Una personalidad marcada por una infancia sin cariño

Perico Fernández, toda una vida en la lona

Escrito por Chesus Santamaría

Viernes, 11 Noviembre 2016 12:12
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Perico Fernández, celebra una victoria.

Llevo pensando los últimos veinte años –los mismos que hace que conozco a Perico Fernández en la intimidad- que cometo una injusticia cada vez que comparo su pasada popularidad con la actual de Pau Gasol o Rafa Nadal. La figura del Campeón del Mundo de Boxeo zaragozano era más pesada, mucho más brillante en unos tiempos en los que el pueblo necesitaba ídolos callejeros, forjados en las calles de cualquier ciudad y nacidos en la pobreza y, en este caso, en el abandono.

Perico Fernández fue recogido por las monjas del hospicio de Zaragoza y allí se crió a base de puñetazos y notas de armónica. “Mi madre biológica era una hija de... No me quiso. Ahí me dejó tirado”, farfullaba muchas veces el Campeón sin ni siquiera preguntarle. Esa falta de cariño forjó esa personalidad tan extraordinaria que hacía saltar todos los parámetros psicológicos establecidos. Martín Miranda fue su descubridor, pero también tenía quejas para él: “Me descubrió él, pero también me engañó, me quitó mucho dinero…”, recordaba nostálgico un Perico que ganaba como mínimo 25 millones de pesetas por cada combate que hacía en la década de los 70 y mendigaba la voluntad por un cuadro mal pintado sobre una sábana de un hospital, que hacía de lienzo improvisado, en los inicios del siglo XXI.

Perico se casó con cuatro mujeres y tiene cinco hijos (dos de ellos se llaman Pedro y han heredado la fibra muscular del padre). Le gustaba entrenar con la plantilla del Real Zaragoza para preparar sus combates más difíciles. “No le gustaba hacer la parte física. Solo quería jugar con la pelota y era bastante hábil. Tenía unas condiciones para el deportes espectaculares”, cuenta siempre Manolo Villanova, que era el técnico zaragocista en aquel entonces. El mítico periodista, José María García, le llamaba periódicamente para interesarse por él y le mandaba dinero en vales de El Corte Inglés. De este modo, agradecía el gesto que tuvo Perico cuando empezaba en la radio, que se negó a comenzar una pelea hasta que no le dejaran pasar a cubrir la noticia.

Tenía sus códigos. Y eran muy especiales. El Campeón se quejaba amargamente de que los políticos no le ayudaban. Un alcalde, Antonio Triviño, le ofreció el puesto de bedel en un colegio y Perico respondió en Heraldo de Aragón: “De portero que se ponga Zubizarreta”. Una tarde, en el Bar Mito de Zaragoza, lugar habitual del campeón, se presentó el cantante Micky preguntando por Perico: “Doy un concierto y me gustaría invitarle. Recuerdo que cuando peleaba vino a verme cantar y acabó tocando la armónica porque le gustaba mucho la canción ‘El chico de la Armónica’”. Allí que fuimos, pero el Campeón acabó enfadado porque le dieron una armónica que no sonaba bien. Otro día, Perico recibió una carta de la Casa Real para recibir un reconocimiento: “No voy. Me hacen pagar hasta el AVE, no me hace gracia el Rey”, explicaba el Campeón. En otra ocasión, fue con Pepe Navarro a su show televisivo: “De mí no se ríe nadie, ni por mucho dinero”, dijo al rechazar una importante suma de la productora del programa.

 

Perico se encontrará con su amigo Mariscal en el cielo. Ese amigo que le acogió en su casa cuando se quedó en la calle y que, esa falta de cariño que le marcó en la infancia, le hacía criticarle porque “no me deja ver los canales de la tele que yo quiero”. Cada año venían unos fans desde Barcelona, le invitaban a comer y le compraban todos los cuadros que tuviese hechos a precio de oro. Ese día, su tartamudez dibujaba episodios de su carrera: “Me drogaron contra Muangsurin si no, no me gana”. El púgil tailandés le quitó el título de los Superligeros. Cada vez que veía a un oriental por la calle se le llevaban los demonios.

De las últimas veces que tuve la ocasión de verle fue cuando nos abrió las puertas de su pisito de asistencia social a un equipo de Aragón TV. Su nevera rebosaba comida etiquetada y caducada o a punto de ello: “Esto yo no me lo como”. Prefería irse con su amigo que le daba un plato de arroz en su restaurante de la calle Cinco de Marzo y cenar los cacahuetes que rebañaba en los bares. La última vez no me conocía, estaba perdido por la calle que tantas veces había pateado y un juez le otorgó en 2013 su tutela a la DGA tras declararle incapaz: "Tiene restringidas sus funciones mentales superiores, especialmente la inteligencia y la voluntad", decretó. Sin relación con su familia, Perico ha pasado los últimos días en un centro Neuropsiquiátrico repasando diariamente cada uno de sus combates y asegurando haber cambiado la fama, el dinero y el éxito por una pequeña dosis de cariño.

 

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